Cruzar los Alpes en un tren panorámico, viendo cómo el paisaje cambia dramáticamente de viñedos mediterráneos a glaciares eternos en cuestión de horas… La idea parece genial. Y en tren aún más. El Bernina Express no es simplemente un medio de transporte: es probablemente la experiencia ferroviaria más cinematográfica que vas a vivir en Europa. Este tren legendario conecta el norte de Italia con el corazón de Suiza atravesando 196 puentes, 55 túneles y alcanzando los 2,253 metros de altura sin utilizar cremalleras ni funiculares. Sí, leíste bien: este tren de vía estrecha sube montañas con pura ingeniería del siglo XIX que todavía funciona a la perfección, y en Travel Wise te llevamos a recorrerlo con todos los detalles.
Para nosotros los argentinos, acostumbrados a distancias largas y paisajes que cambian lentamente, este recorrido de apenas cuatro horas resulta abrumador por la densidad de belleza que concentra. Es como si condensaran toda la majestuosidad de nuestros Andes patagónicos en un trayecto que podrías hacer en una mañana. Pero acá viene lo mejor: cada curva revela algo completamente diferente a lo anterior. Pasás de pueblitos italianos con arquitectura alpina a valles suizos impecables, de bosques densos a páramos glaciares, todo mientras tomás un café mirando por ventanas panorámicas que van del piso al techo.
En esta guía completa te vamos a contar absolutamente todo lo que necesitás saber para vivir esta experiencia con: desde cómo planificar el viaje y qué asientos elegir, hasta los secretos mejor guardados del recorrido y esos momentos mágicos que ninguna foto puede capturar del todo. Porque el Bernina Express no es solo para entusiastas de los trenes: es para cualquiera que quiera entender por qué los Alpes han inspirado a artistas, escritores y viajeros durante siglos.
Cuando hablamos de trenes panorámicos europeos, hay varios candidatos famosos: el Glacier Express, el Golden Pass, los trenes noruegos de Bergen. Pero el Bernina Express tiene algo que ningún otro puede reclamar: es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. La línea completa del ferrocarril Rético (Rhätische Bahn) que incluye este recorrido fue declarada patrimonio en 2008, no solo por su valor paisajístico sino por la hazaña de ingeniería que representa.
Construida entre 1908 y 1910, esta línea ferroviaria desafió todos los límites técnicos de su época. Los ingenieros suizos lograron crear un trazado que asciende desde los 429 metros sobre el nivel del mar en Tirano (Italia) hasta los 2,253 metros del Ospizio Bernina —la estación ferroviaria más alta de los Alpes orientales— con una pendiente máxima de solo 70 por mil. ¿Qué significa esto? Que el tren sube montañas empinadas sin necesidad de cremalleras, usando únicamente la adherencia de las ruedas sobre los rieles. Es ingeniería pura y elegante.
Pero más allá de los números técnicos, lo que hace único a este recorrido es la variedad casi absurda de ecosistemas que atravesás. Comenzás en Tirano, donde las palmeras crecen junto a la estación y el clima tiene ese toque mediterráneo del norte de Italia. En apenas dos horas, estás rodeado de glaciares y nieve perpetua. Luego descendés hacia St. Moritz o Chur, pasando por lagos alpinos de un azul imposible y pueblos suizos que parecen salidos de una caja de bombones.
La experiencia se amplifica con los vagones panorámicos especialmente diseñados para esta ruta. Las ventanas van del piso hasta el techo en un ángulo curvo, permitiéndote ver no solo el paisaje lateral sino también las montañas que se elevan por encima del tren. No hay aire acondicionado (las ventanas no se abren en los vagones panorámicos), pero el sistema de ventilación funciona perfectamente incluso en verano. Algunos viajeros prefieren los vagones regulares precisamente porque podés abrir las ventanas y sentir el aire alpino, aunque sacrificás algo de visibilidad.

El Bernina Express también representa un modelo de turismo sostenible que funciona. Los trenes son 100% eléctricos, alimentados principalmente por energía hidroeléctrica generada en la región. El sistema ferroviario suizo tiene uno de los menores impactos ambientales del mundo, y viajar en este tren es genuinamente más ecológico que hacer el mismo recorrido en auto, además de ser infinitamente más cómodo y seguro.
El trayecto clásico del Bernina Express comienza en Tirano, un pueblo italiano de la región de Lombardía, y termina en Chur, la ciudad más antigua de Suiza. La versión más popular para turistas incluye una parada o finalización en St. Moritz, el glamoroso resort alpino. Ambas opciones son válidas y dependen de tus planes posteriores, pero el tramo que no te podés perder bajo ninguna circunstancia es el de Tirano hasta St. Moritz: ahí está concentrada la mayor densidad de maravillas.
El inicio en Tirano es ya un contraste fascinante. Esta ciudad italiana tiene apenas 9,000 habitantes pero una estación ferroviaria desproporcionadamente importante. Acá confluyen trenes italianos regulares desde Milán, Lecco y otras ciudades lombardas con el sistema suizo del Bernina Express. La estación tiene ese encanto medio venido a menos de las estaciones italianas provinciales: un bar donde los locales toman café expreso de verdad, vendedores de panini, y una mezcla caótica de turistas cargados de cámaras y commuters locales.

Apenas salís de Tirano, el tren comienza su ascenso serpenteando por el Valle di Poschiavo (Valposchiavo). Este valle es técnicamente suizo pero tiene alma italiana: la mayoría de habitantes hablan italiano como primera lengua, la arquitectura conserva ese estilo alpino-mediterráneo y las iglesias barrocas dominan los pueblitos. El tren pasa por Brusio, donde te espera uno de los íconos fotográficos del recorrido: el viaducto helicoidal de Brusio.
Este viaducto circular es una obra maestra de ingeniería que resolvió un problema elegantemente. Los ingenieros necesitaban que el tren ganara altura rápidamente en un espacio reducido, así que diseñaron un puente en espiral de 360 grados. Cuando el tren lo atraviesa, literalmente te ves a vos mismo en la parte inferior de la espiral mientras circulás por la parte superior. Es surrealista y hermoso. Si querés fotografiarlo desde afuera (y deberías), hay un sendero corto desde la estación de Brusio que te lleva a un mirador perfecto. Muchos viajeros experimentados hacen esto: bajan en Brusio, fotografían el viaducto, y toman el siguiente tren una o dos horas después.

Continuando hacia el norte, el paisaje se vuelve progresivamente más alpino. Los viñedos y bosques de castaños dan paso a coníferas y praderas de montaña. Pasás por Le Prese y su lago con aguas tranquilas que reflejan las montañas circundantes, y luego por Poschiavo, el pueblo principal del valle, con sus casas patricias del siglo XVIII perfectamente preservadas.
Después de Poschiavo, el tren encara el tramo más dramático del ascenso. La vegetación se va reduciendo gradualmente hasta que solo quedan rocas, nieve y hielo. Estás entrando al Paso del Bernina, uno de los pasos alpinos más altos que se pueden cruzar en tren. La sensación es casi marciana: el paisaje se vuelve lunar, con formaciones rocosas erosionadas por milenios de hielo y viento.
La estación Ospizio Bernina (2,253 metros) es el punto más alto del recorrido y, aunque el tren no se detiene mucho tiempo, el momento es conmovedor. A tu izquierda ves el Lago Bianco (Lago Blanco), que debe su nombre al color lechoso de sus aguas, producto de los sedimentos glaciares en suspensión. Este color turquesa-blanquecino es hipnótico y cambia según la luz del día. A tu derecha, prácticamente tocando las vías, está el Lago Nero (Lago Negro), mucho más oscuro porque está alimentado por aguas subterráneas sin sedimentos glaciares. Ver ambos lagos simultáneamente, con colores tan opuestos y separados apenas por unos metros, es uno de esos momentos que te hacen entender por qué la gente viaja.
Desde esta altura, tenés vistas panorámicas del Glaciar Palü y el Glaciar Cambrena, dos ríos de hielo que descienden de picos que superan los 3,800 metros. El silencio acá arriba es casi absoluto, interrumpido solo por el ruido rítmico del tren. En invierno, este paisaje se vuelve completamente blanco, con la nieve cubriendo todo excepto las vías del tren que son constantemente limpiadas. En verano, el contraste entre la nieve perpetua de las alturas y los prados verdes de los valles circundantes es espectacular.
Algo que muchos viajeros no saben: podés bajarte en Ospizio Bernina y pasar unas horas caminando por los senderos señalizados que rodean los lagos. Hay un refugio de montaña básico donde podés tomar algo caliente, y las caminatas son relativamente fáciles (aunque estás a más de 2,200 metros, así que sentís el aire más fino). Si tenés tiempo y no sufrís de mal de altura, esta parada te permite experimentar el paisaje alpino de alta montaña sin necesidad de ser un escalador experto.
El descenso hacia St. Moritz es igualmente espectacular pero en sentido inverso. El tren serpentea por el Valle de Bernina, pasando por praderas alpinas donde pacen vacas con sus características campanas (que realmente suenan y se escuchan a distancia). Los pueblitos que vas atravesando —Bernina Suot, Morteratsch, Pontresina— son postal suiza pura: chalets de madera con balcones floridos, iglesias con campanarios puntiagudos, y montañas nevadas como telón de fondo permanente.
St. Moritz merece una mención especial porque no es simplemente una parada técnica del Bernina Express: es un destino en sí mismo y el punto donde muchos viajeros deciden quedarse al menos una noche. Este resort alpino ha sido sinónimo de lujo desde el siglo XIX, cuando la aristocracia europea comenzó a pasar sus inviernos acá para «tomar el aire de montaña» como tratamiento médico. Hoy sigue siendo uno de los destinos de esquí más exclusivos del mundo, habiendo albergado dos Olimpiadas de Invierno (1928 y 1948).

Pero no te dejes intimidar por la reputación cara de St. Moritz. Si bien los hoteles de cinco estrellas y las boutiques de lujo dominan la ciudad, también hay opciones más accesibles y el simple hecho de caminar por el pueblo y alrededor del lago St. Moritz es completamente gratuito y hermoso. El lago, rodeado de montañas que superan los 3,000 metros, se congela completamente en invierno y se convierte en escenario de eventos únicos como carreras de caballos y partidos de polo sobre hielo.
Desde St. Moritz, si continuás en el Bernina Express hacia Chur, el paisaje cambia radicalmente otra vez. Ahora descendés siguiendo el curso del río Inn (sí, el mismo río que luego cruza Austria y Alemania). Este valle es más ancho y civilizado que el anterior. Pasás por pueblos más grandes como Samedan (con su aeropuerto de montaña que es uno de los más altos de Europa), Bever, La Punt, y Zernez, la puerta de entrada al Parque Nacional Suizo.
El tramo entre St. Moritz y Chur tiene una belleza diferente, menos dramática pero igualmente encantadora. Es un paisaje de valles amplios, bosques extensos y pueblos que conservan la arquitectura tradicional engadinesa: casas con muros gruesos, ventanas pequeñas decoradas con pinturas (esgrafiado), y techos pesados diseñados para soportar metros de nieve invernal. Este es el valle de la Engadina, una de las regiones más auténticas de Suiza, donde todavía se habla romanche, la cuarta lengua oficial del país que solo usan unas 60,000 personas.
Después de dejar atrás la Engadina Alta, el Bernina Express continúa su descenso siguiendo el valle del Inn hasta llegar a uno de los puntos más espectaculares del recorrido completo: el desfiladero del Rin (Rheinschlucht), también conocido como el «Gran Cañón suizo». No tiene la escala del Gran Cañón americano, obviamente, pero en el contexto alpino resulta impresionante: paredes de roca caliza de hasta 350 metros de altura que se elevan verticalmente desde el río Rin Anterior, creando un corredor natural angosto y dramático.
Este cañón se formó hace aproximadamente 10,000 años cuando un deslizamiento masivo de rocas —el derrumbe de Flims, uno de los más grandes de la historia geológica reciente— bloqueó el curso original del río y lo obligó a tallar un nuevo camino a través de la roca. El resultado es un paisaje completamente diferente a todo lo que viste antes en el viaje. Acá no hay glaciares ni prados alpinos: es roca pura, bosques densos aferrándose a las laderas imposibles, y el río color esmeralda rugiendo abajo.
El tren atraviesa este tramo en viaductos que literalmente cuelgan de las paredes del cañón. El más famoso es el Viaducto de Solis, construido en 1902 con un arco de piedra de 42 metros de altura que parece imposiblemente delgado. Cuando el tren lo cruza, si mirás hacia abajo, solo ves el vacío y el río muy al fondo. Es el tipo de momento donde incluso quienes no tienen miedo a las alturas sienten un pequeño vuelco en el estómago, pero en el buen sentido, con esa mezcla de adrenalina y asombro.

Después del desfiladero, el paisaje se abre gradualmente a medida que te acercás a Chur (o Coira, en italiano). Esta ciudad de 35,000 habitantes es la capital del cantón de los Grisones y presume de ser el asentamiento continuamente habitado más antiguo de Suiza, con evidencias arqueológicas que se remontan a más de 5,000 años. El centro histórico, con sus callejuelas medievales y edificios pintados en colores pastel, es un final encantador para el viaje, aunque muchos viajeros confiesan sentir un poco de tristeza cuando el tren finalmente se detiene y la aventura termina.
Ahora viene la parte que realmente te va a servir cuando estés planeando tu viaje. Porque una cosa es saber que el Bernina Express es espectacular, y otra muy distinta es optimizar cada aspecto de la experiencia para que sea inolvidable.
Reservas y tipos de billetes: El Bernina Express requiere reserva obligatoria para los vagones panorámicos, incluso si tenés un Swiss Travel Pass. La reserva cuesta aproximadamente 14 francos suizos (unos 15 dólares) por persona y tramo, y es absolutamente necesaria porque los vagones panorámicos tienen capacidad limitada.
Acá viene algo que pocos saben: también podés viajar en la misma ruta sin reserva y sin el suplemento panorámico, usando los trenes regionales regulares que hacen el mismo recorrido. Estos trenes tienen vagones tradicionales con ventanas que se pueden abrir, paran en todas las estaciones pequeñas (lo cual puede ser ventajoso si querés bajarte a explorar), y son mucho más flexibles. La vista es casi igual de buena, solo que no tenés el techo de vidrio. Para viajeros con presupuesto ajustado o que prefieren espontaneidad sobre comodidad premium, esta es una opción excelente.
Mejor época para viajar: Esto depende completamente de qué tipo de paisaje te emociona más. El verano (junio a septiembre) ofrece el contraste máximo: prados verdes intensos en los valles, flores alpinas en explosión de colores, y glaciares brillantes bajo el sol. Las horas de luz son largas, los días generalmente despejados, y todas las facilidades turísticas están abiertas. El problema es que también es la temporada más concurrida, con trenes llenos y precios más altos en alojamiento.
El invierno (diciembre a marzo) transforma todo en un cuento de hadas congelado. El Bernina Express circulando entre paredes de nieve de varios metros de altura, con los lagos completamente helados y las montañas cubiertas de blanco inmaculado, es una postal de esas que no parecen reales. La luz invernal en los Alpes tiene una calidad especial, dorada y cristalina. Eso sí, los días son más cortos, así es que debés planificar tu viaje junto a Travel Wise para aprovechar las horas de luz máximas.
Nuestras temporadas favoritas son las intermedias. Septiembre y principios de octubre ofrecen lo mejor de ambos mundos: todavía hay buen clima, los colores otoñales pintan los bosques de dorado y naranja, hay mucha menos gente, y los precios bajan. La primavera tardía (mayo) tiene su encanto con las cascadas de deshielo en su máximo esplendor y los prados comenzando a reverdecer, aunque el clima puede ser más impredecible.
Qué asiento elegir (esto es crucial): En el tren panorámico, ambos lados ofrecen vistas espectaculares, pero hay diferencias. Si viajás de Tirano hacia Chur/St. Moritz, el lado derecho del tren (mirando hacia adelante) te da mejores vistas de los glaciares en el Ospizio Bernina y del viaducto de Brusio cuando pasás por encima. El lado izquierdo tiene ventajas en el tramo del desfiladero del Rin.
Nuestra recomendación honesta: no te obsesiones demasiado con esto. El tren hace tantas curvas que todos los asientos terminan teniendo vistas increíbles en distintos momentos. Lo que sí importa es elegir asientos mirando hacia adelante si sos propenso al mareo, porque las curvas cerradas pueden ser intensas mirando hacia atrás.
Acá es donde el viaje puede expandirse de una experiencia de un día a una aventura épica de varios días. El Bernina Express es parte del Grand Train Tour of Switzerland, una ruta circular de 1,280 kilómetros que conecta los trenes panorámicos más famosos del país. Si tenés tiempo, podés combinar varios de estos recorridos en un itinerario que te muestra la increíble diversidad de Suiza.
La combinación más popular es Bernina Express + Glacier Express. El Glacier Express conecta St. Moritz con Zermatt (el pueblo al pie del Matterhorn) en un viaje de ocho horas que atraviesa 291 puentes y 91 túneles. Juntos, estos dos trenes te dan una perspectiva completa de los Alpes suizos: el Bernina te muestra la vertiente oriental y la frontera italiana, mientras el Glacier te lleva por los valles centrales hasta la frontera con Italia en el lado occidental.

Otra opción menos conocida pero igual de hermosa es continuar desde Chur hacia Lucerna en el Golden Pass, que eventualmente te lleva a la región de los lagos y montañas del Oberland bernés. Esta combinación tiene la ventaja de mostrarte no solo los Alpes sino también la Suiza de postales con sus lagos turquesas y praderas salpicadas de chalets.
Para argentinos con el tiempo contado (la realidad de la mayoría de nosotros cuando viajamos a Europa), nuestra sugerencia es enfocarte en el Bernina Express completo más uno o dos días explorando las paradas principales. Es mejor hacer una ruta en profundidad que intentar abarcar todo apurado y terminar exhausto sin haber disfrutado realmente.
Hablemos de plata concretamente, porque Suiza tiene fama de cara y en gran parte es cierto, pero hay formas inteligentes de gestionar el presupuesto.
El Swiss Travel Pass es casi siempre una inversión que vale la pena si vas a estar varios días en el país. Este pase te da viajes ilimitados en toda la red ferroviaria, de buses y barcos suizos, más entrada gratuita a más de 500 museos. El pase de 3 días cuesta alrededor de 260 francos suizos en segunda clase (unos 300 dólares), y considerando que el billete individual Tirano-Chur sin pase ronda los 65 francos, se amortiza rápido. Recordá que igual tenés que pagar el suplemento de reserva panorámica (14 francos aproximadamente) pero te ahorrás el billete base.
Si no tenés Swiss Travel Pass, podés usar billetes Supersaver que Rhätische Bahn ofrece con descuentos de hasta 50% si reservás con anticipación y elegís trenes en horarios menos populares (primeras horas de la mañana o última tarde).
Comida: Llevá snacks y agua, porque los precios en el tren son típicamente suizos (caros). El tren tiene servicio de cafetería que pasa por los asientos, pero un sándwich simple te puede costar 12-15 francos. Si parás en St. Moritz para almorzar, buscá las panaderías (Bäckerei) en lugar de restaurantes sentados: por 8-10 francos conseguís un sándwich sustancioso, un pretzel y una bebida. Los supermercados Coop y Migros son tus amigos en Suiza: tienen secciones de comida preparada con precios razonables comparados con restaurantes.
El Bernina Express en sí mismo es la atracción principal, pero hay experiencias adicionales que pueden transformar un viaje lindo en uno verdaderamente memorable.
El Bernina Express Bus: En verano (mayo a octubre), podés combinar el tren con el Bernina Express Bus que conecta Tirano con Lugano, la ciudad suiza de habla italiana junto al lago homónimo. Este bus también tiene ventanas panorámicas y sigue una ruta espectacular por el Valpolicella italiano, cruzando lagos alpinos como el Como. La combinación tren+bus te permite hacer un circuito cerrado sin repetir tramos.
Caminatas desde las estaciones: Varias estaciones del recorrido son puntos de partida para caminatas increíbles. Desde Alp Grüm (una estación a 2,091 metros donde solo paran trenes regionales, no el panorámico directo) hay un sendero de 1.5 horas que baja hasta Cavaglia con vistas directas al Glaciar Palü. Es moderadamente exigente pero factible para cualquiera con estado físico promedio.
Desde Morteratsch, podés caminar hasta el frente del glaciar del mismo nombre en 40 minutos por un sendero totalmente plano. Hay señales a lo largo del camino que muestran dónde llegaba el glaciar en décadas pasadas, una visualización impactante del retroceso glaciar por el cambio climático.
El Diavolezza: Este teleférico cerca de Ospizio Bernina te sube a 2,978 metros en menos de 10 minutos, ofreciéndote vistas de 360 grados sobre el macizo del Bernina. En invierno es una estación de esquí; en verano, un mirador extraordinario con restaurante panorámico. El billete ronda los 32 francos ida y vuelta, pero las vistas son estratosféricas.
Quedarte a dormir en altura: En Ospizio Bernina hay un pequeño hotel-refugio histórico, el Ospizio Bernina, donde podés pasar la noche a más de 2,200 metros. La experiencia de estar en el paso alpino cuando todos los turistas se han ido, con el silencio absoluto de la montaña y un cielo estrellado sin contaminación lumínica, es algo que pocos hacen pero que resulta profundamente memorable. No es lujo: son habitaciones básicas con baños compartidos, pero ¿a quién le importa cuando despertás con glaciares en tu ventana?
Entender un poco del contexto histórico y cultural hace que el paisaje que estás viendo cobre una dimensión adicional. El Bernina Express no atraviesa simplemente montañas bonitas: cruza una región que ha sido frontera, zona de conflicto, ruta comercial y laboratorio de ingeniería durante siglos.
La Engadina (el valle que atravesás en Suiza) fue históricamente una región estratégica por su posición entre Italia y el resto de Suiza. Los pasos alpinos como el Bernina y el Julier eran las únicas rutas comerciales transitables, y quien los controlaba tenía poder económico significativo. Las familias aristocráticas locales construyeron las casas señoriales que todavía ves en pueblos como Poschiavo y Samedan.
El idioma romanche que mencioné antes es fascinante. Es una lengua romance directamente descendiente del latín vulgar que hablaban las legiones romanas estacionadas en los Alpes. Quedó aislada en estos valles cuando las invasiones germánicas transformaron el resto de la región, y sobrevivió hasta hoy como fósil lingüístico viviente. Si prestás atención a los carteles en las estaciones, vas a ver nombres en tres idiomas: alemán, italiano y romanche.
La construcción del ferrocarril fue un proyecto político tanto como técnico. A principios del siglo XX, Suiza quería demostrar su capacidad de ingeniería y conectar sus regiones aisladas para fortalecer la identidad nacional. El Bernina Express fue parte de ese esfuerzo, junto con otros proyectos ferroviarios alpinos. Que haya sido declarado Patrimonio de la Humanidad reconoce no solo la belleza sino también este significado cultural e histórico.
Algunos detalles operativos que te van a servir:
Equipaje: Los trenes tienen espacio limitado para maletas grandes. Si viajás con equipaje voluminoso, considerá usar el servicio de envío de equipaje puerta a puerta que ofrecen los ferrocarriles suizos. Por aproximadamente 25 francos, recogen tu maleta en tu hotel y la entregan al siguiente, permitiéndote viajar solo con una mochila pequeña.
Conectividad: La señal de celular es sorprendentemente buena en casi todo el recorrido, incluso en túneles. Los trenes tienen WiFi gratuito, aunque la velocidad puede ser errática en las zonas más montañosas.
Accesibilidad: Los trenes modernos del Bernina Express son accesibles para sillas de ruedas, con espacios designados y baños adaptados. Las estaciones principales (Tirano, St. Moritz, Chur) también tienen buena accesibilidad. Las estaciones pequeñas de montaña pueden ser más complicadas.
Documentación: Aunque Suiza no es parte de la Unión Europea, forma parte del espacio Schengen. Esto significa que una vez que entraste a Europa, cruzar entre Italia y Suiza en el tren es completamente fluido sin controles fronterizos. Llevá tu pasaporte igualmente, pero normalmente no hay inspecciones.
Al final, el Bernina Express es mucho más que un tren turístico. Es una lección de historia de ingeniería, un recordatorio de la fuerza transformadora de la naturaleza, y una oportunidad de experimentar ese tipo de belleza que te hace sentir pequeño y grande al mismo tiempo. Pequeño ante la escala de las montañas y los glaciares que han existido miles de años antes que vos y seguirán ahí mucho después. Grande porque sos capaz de apreciar esa belleza, de sentir asombro, de conectar emocionalmente con un paisaje que está a miles de kilómetros de tu casa.
Para nosotros los argentinos, que venimos de un país enorme con paisajes que nos enorgullecen, viajar a los Alpes puede ser revelador. No porque sean «mejores» que nuestros Andes patagónicos o nuestras pampas infinitas, sino porque son profundamente diferentes. La densidad de cambio de paisajes, la integración entre naturaleza y civilización humana que se logró sin destruir ninguna de las dos, la manera en que pequeños pueblos de montaña conservan identidades culturales únicas… todo esto ofrece perspectivas nuevas.
Y si nos permitís un consejo final: sí, sacá fotos. Pero también pasá largos ratos simplemente mirando, sin el filtro de una cámara. Algunas de las vistas más hermosas del Bernina Express duran solo segundos: una cascada entre árboles que aparece en una curva, el reflejo de una montaña en un lago pequeño, la luz dorada del atardecer pintando un glaciar. Estas imágenes que guardás en la memoria, sin mediación digital, son las que vas a recordar con más claridad años después.
El Bernina Express no es el viaje en tren más rápido, ni el más eficiente, ni el más barato. Pero podría ser el más hermoso que hagas en tu vida. Y eso, en el cálculo final de experiencias que valen la pena, cuenta más que cualquier otra métrica.
¿Puedo hacer el Bernina Express en un día desde Milán?
Sí, es perfectamente factible. Hay trenes directos desde Milán Central a Tirano que tardan aproximadamente 2.5 horas. Podés salir temprano de Milán, tomar el Bernina Express hasta St. Moritz o Chur, pasar unas horas explorando, y volver en la tarde-noche. Es un día largo pero absolutamente factible y muy recomendable si tu base es Milán.
¿Necesito reservar con mucha anticipación o puedo hacerlo pocos días antes?
En temporada baja (noviembre-abril, excepto Navidad y Semana Santa) podés reservar con pocos días de anticipación sin problemas. En verano y especialmente en agosto, los vagones panorámicos se llenan con semanas de antelación. Mi recomendación: si ya sabés tus fechas, reservá en cuanto puedas. Las reservas se abren con hasta 60 días de anticipación.
¿Vale la pena pagar extra por el vagón panorámico o los trenes regulares son suficientes?
Depende de tus prioridades. El vagón panorámico ofrece esa experiencia «wow» con el techo de vidrio y es más cómodo, pero los trenes regionales te dan el 85% de la misma vista por una fracción del precio, con ventanas que se abren y más flexibilidad. Si tu presupuesto es ajustado o valorás la espontaneidad, los regionales son excelente opción. Si querés la experiencia completa tipo postal y no te importa pagar un poco más, andá por el panorámico.