¿Sabías que Ginebra concentra más de 15 restaurantes con estrellas Michelin en menos de 280 kilómetros cuadrados? Esta ciudad suiza, enclavada a orillas del imponente lago Lemán, no solo es sinónimo de relojes de lujo y organizaciones internacionales. Es también un verdadero paraíso para los amantes de la gastronomía, donde la tradición alpina se encuentra con influencias francesas, italianas y cosmopolitas que transforman cada comida en una experiencia memorable.
Si pensabas que la cocina suiza se limitaba al fondue y el chocolate, prepárate para descubrir un universo culinario mucho más complejo y sofisticado. Ginebra se ha convertido en la capital gastronómica no oficial de Suiza, superando incluso a Zúrich en diversidad y calidad de propuestas. Y lo mejor de todo es que esta revolución culinaria no está reservada solo para quienes tienen presupuestos ilimitados. Desde acogedoras brasseries familiares hasta templos de la alta cocina, la ciudad ofrece alternativas para todos los paladares y bolsillos.
En este recorrido por la gastronomía en Ginebra, también te vamos a contar sobre dos joyas cercanas que no podés dejar de visitar: Lucerna y Berna, cada una con su propia identidad culinaria que complementa perfectamente la experiencia ginebrina. Preparate para anotar direcciones, descubrir platos que jamás imaginaste y entender por qué la Suiza francófona se está convirtiendo en el destino predilecto de los foodies más exigentes del mundo, ¡acompaña a Travel Wise por este hermoso recorrido!
Ginebra es única en el mapa culinario europeo, y esto no es casualidad. Su posición fronteriza con Francia, a apenas ocho kilómetros de la región de Ain y a media hora de la Saboya, ha creado una fusión cultural que se refleja directamente en sus platos. Pero más allá de la geografía, es la composición internacional de su población lo que define su carácter: casi el 40% de los residentes son extranjeros, trayendo consigo tradiciones culinarias de los cinco continentes.
Esta diversidad ha generado algo extraordinario: una escena gastronómica que respeta profundamente las raíces suizas mientras abraza sin complejos la innovación global. En la misma cuadra podés encontrar un restaurante que sirve auténtica fondue suiza preparada según recetas centenarias, y al lado un establecimiento de fusión nipo-peruana que experimenta con ingredientes alpinos. Ambos con estándares de calidad impecables, porque en Suiza la mediocridad simplemente no tiene lugar.
La influencia francesa es particularmente notable. No en vano, muchos ginebrinos hablan de su ciudad como la «extensión gastronómica de Lyon», considerada la capital mundial de la gastronomía. Los chefs suizos entrenan en escuelas francesas, trabajan en restaurantes de París y luego regresan para aplicar esas técnicas a productos locales de calidad suprema. El resultado es una cocina que combina la precisión suiza con el savoir-faire francés, algo que se nota desde el primer bocado.
Pero hay un elemento diferenciador que eleva la gastronomía en Ginebra por encima de otras ciudades europeas: la obsesión por la calidad de los ingredientes. Suiza tiene regulaciones estrictas sobre producción de alimentos, con controles que aseguran trazabilidad desde la granja hasta tu plato. Los quesos DOP, las carnes criadas según estándares de bienestar animal, los pescados del lago Lemán pescados artesanalmente… cada ingrediente cuenta una historia de compromiso con la excelencia.
Cuando pensamos en comida suiza, automáticamente nos vienen a la mente el fondue y la raclette. Y sí, son absolutamente deliciosos y representativos, pero quedarse solo con ellos es como visitar Argentina y comer únicamente asado. La cocina ginebrina tiene una profundidad que merece ser explorada capa por capa.
Empecemos con el longeole, una salchicha que es prácticamente el símbolo de la identidad gastronómica local. Este embutido se elabora con carne de cerdo, tocino, especias y está envuelto en piel de cerdo. Lo que la hace especial es su sabor intenso con notas de anís y comino, y su textura jugosa que explota en tu boca. Tradicionalmente se sirve con papet vaudois (un puré de puerros y papas) o simplemente con papas al horno y mostaza. Si querés probar la versión más auténtica, dirigite al Café du Soleil, una institución desde 1902 que prepara el longeole según la receta original de sus fundadores.

Otro plato que no podés perderte es la fera del lago Lemán. Este pez de agua dulce, primo del salmón, tiene una carne blanca y delicada que los chefs ginebrinos preparan con respeto casi religioso. Lo más tradicional es degustarla simplemente meunière (empanizada en harina y salteada en manteca), lo que permite apreciar su sabor puro y la textura que se deshace en tu paladar. Los restaurantes a orillas del lago, especialmente en el barrio de Pâquis, la ofrecen recién pescada, y créeme que la diferencia con el pescado congelado es abismal.
Para los amantes de los sabores contundentes, la filet de perche es otra especialidad lacustre que reina en las cartas de los bistrós. Se trata de filetes de perca rebozados y fritos hasta alcanzar un dorado perfecto, crujientes por fuera y tiernos por dentro, servidos generalmente con papas fritas caseras y ensalada. Puede sonar simple, pero la calidad de la preparación transforma este plato en algo memorable. El secreto está en el rebozado ligero que no enmascara el sabor del pescado y en la frescura absoluta de la materia prima.
No todo es proteína animal en la gastronomía ginebrina. El cardon genevois es un vegetal similar al cardo que se cultiva en la región desde hace siglos y que tiene su propia Indicación Geográfica Protegida. Se prepara gratinado con una salsa de tuétano y queso, resultando en un plato reconfortante perfecto para los fríos meses de invierno. Es uno de esos tesoros culinarios que difícilmente encontrarás fuera de Ginebra, porque los suizos son muy celosos de sus productos regionales.
Y hablando de quesos, aunque Ginebra no produce quesos tan famosos como Gruyère o Emmental (que vienen de otras regiones suizas), la forma en que se consumen aquí es algo digno de experimentar. El fondue moitié-moitié (mitad Gruyère, mitad Vacherin Fribourgeois) es la versión local preferida, con una textura más cremosa que otras variantes. Y si visitás en invierno, tenés que probar la raclette en su versión más tradicional: queso derretido raspado directamente sobre tu plato, acompañado de papas, pepinillos y cebollitas en vinagre. La experiencia comunal de compartir estos platos alrededor de una mesa crea recuerdos que van más allá del sabor.

Si hay algo que Ginebra ha demostrado al mundo gastronómico es que no necesita París para brillar. La ciudad alberga varios restaurantes con estrellas Michelin que compiten de igual a igual con los mejores establecimientos europeos, cada uno con propuestas que reflejan la sofisticación y la búsqueda de la perfección que caracteriza a Suiza.
El Domaine de Châteauvieux, con sus dos estrellas Michelin, es probablemente el restaurante más emblemático de la región. Ubicado en Satigny, a las afueras de Ginebra, este establecimiento dirigido por el chef Philippe Chevrier es mucho más que un restaurante: es una experiencia completa. La casona del siglo XVIII rodeada de viñedos propios establece el escenario para una cocina que celebra los productos locales con técnicas impecables. El menú degustación cambia con las estaciones, pero siempre incluye platos que combinan tradición e innovación, como su famoso pichón con foie gras o el ternero de leche con morillas. Eso sí, reservá con al menos un mes de anticipación y prepará tu billetera: estamos hablando de unos 250-300 francos suizos por persona sin vinos.

Para una experiencia más contemporánea, Le Floris (una estrella Michelin) representa la nueva generación de la gastronomía en Ginebra. El chef Julien Musso, formado en algunos de los mejores restaurantes de Francia, propone una cocina que él define como «naturaleza y pureza». Sus platos minimalistas esconden una complejidad técnica impresionante: cada elemento en el plato tiene un propósito, nada es decoración vacía. El menú vegetal sorprende incluso a los carnívoros más escépticos, y su compromiso con productores locales es evidente en cada bocado. Con precios alrededor de 120-160 francos suizos por persona, es más accesible que otros restaurantes estrellados sin comprometer calidad.
Si preferís algo más arriesgado y vanguardista, Bayview by Michel Roth en el Hotel President Wilson es tu destino. Con dos estrellas Michelin, este restaurante ofrece vistas espectaculares al lago Lemán mientras sirve una cocina que el propio Roth (ganador del título Meilleur Ouvrier de France) describe como «clásica con toques de modernidad». Aquí probamos uno de los mejores risottos: con trufa blanca de Alba, pero preparado con arroz Carnaroli y un caldo que había sido trabajado durante 24 horas. Cada plato es una demostración de técnica pulida durante décadas, sin artificios innecesarios.
Pero no todo en la alta gastronomía ginebrina lleva necesariamente estrellas Michelin. Café des Banques, aunque sin galardones de la guía roja, ofrece una experiencia que muchos locales prefieren sobre restaurantes más publicitados. Su cocina es lo que yo llamaría «bistró elevado»: platos tradicionales ejecutados con ingredientes premium y técnicas refinadas. El ambiente es menos formal que en los templos Michelin, pero la calidad es comparable. Y lo mejor: podés cenar magníficamente por 80-100 francos suizos.
Un dato importante si planeás visitar estos restaurantes: en Ginebra, a diferencia de otras ciudades europeas, los suizos comen temprano. Las reservas de las 19:00-19:30 son las más codiciadas, y después de las 21:00 muchas cocinas ya están cerrando. Además, la mayoría de los restaurantes de alta gama cierran domingos y lunes, así que planificá tu visita gastronómica tomando esto en cuenta.
Si realmente querés entender la gastronomía en Ginebra, tenés que empezar por sus mercados. Aquí es donde los chefs se abastecen, donde los locales hacen sus compras semanales, y donde vos podés tocar, oler y probar los ingredientes que definen la cocina regional.
El Marché de Rive es el más antiguo y tradicional de la ciudad. Todos los miércoles y sábados, la plaza de Rive se transforma en un espectáculo de colores, aromas y sabores. Los productores vienen desde las montañas cercanas y la campiña ginebrina trayendo lo mejor de sus cosechas: tomates de variedades antiguas que tienen verdadero sabor (nada que ver con los insípidos del supermercado), lechugas recién cortadas, hierbas aromáticas que perfuman toda la plaza. Pero lo que más nos fascina son los puestos de quesos, donde podés degustar decenas de variedades antes de comprar, desde el cremoso Vacherin Mont-d’Or hasta el contundente Sbrinz añejado.
No te vayas sin probar los productos de charcuterie artesanal. Los embutidos suizos son menos conocidos internacionalmente que sus primos italianos o españoles, pero no tienen nada que envidiarles. El viande séchée (carne seca de res) del Valais es particularmente especial: finas lonchas de carne curada al aire de montaña, con una textura sedosa y un sabor intenso que explota en tu paladar. Combinalo con un poco de queso local y tenés el aperitivo perfecto.
El Marché de la Fusterie, más pequeño pero igual de encantador, funciona todos los días de la semana en el corazón del casco antiguo. Aquí encontrarás principalmente productos orgánicos y de proximidad. Es el lugar ideal para comprar frutas frescas si estás alojándote en un apartamento, o para armar un picnic perfecto antes de pasear por los jardines del lago. Los precios son altos (esto es Suiza, después de todo), pero la calidad justifica la inversión: una manzana suiza realmente sabe a manzana, no a agua con azúcar.
La gastronomía en Ginebra no se limita a sentarse en un restaurante, por más estrellado que sea. La ciudad ofrece experiencias culinarias inmersivas que transforman la comida en un evento memorable, en una historia que vas a contar durante años.
Una de las vivencias más auténticas es participar en una cena en un viñedo. La región ginebrina produce vinos excepcionales que lamentablemente son poco conocidos fuera de Suiza (principalmente porque los suizos se los toman todos ellos mismos). El Chasselas, un vino blanco fresco y mineral, es la estrella indiscutida de los viñedos que rodean el lago Lemán. Varios productores ofrecen cenas maridaje donde podés recorrer las viñas, entender el proceso de producción y luego disfrutar de una comida preparada por chefs locales específicamente diseñada para complementar sus vinos. Domaine Les Hutins en Dardagny organiza estas experiencias de mayo a septiembre, con menús que rondan los 120 francos suizos por persona. La combinación de comida excepcional, vino local y las vistas de los Alpes al atardecer es algo que ninguna foto de Instagram puede capturar realmente.
Si sos amante del chocolate suizo (y seamos honestos, ¿quién no lo es?), Ginebra tiene propuestas que van mucho más allá de comprar tabletas en una tienda. Favarger, chocolatero desde 1826, ofrece talleres donde no solo probás sus creaciones sino que aprendés a temperar chocolate, crear tus propios bombones y entender por qué el chocolate suizo tiene esa textura aterciopelada única. La experiencia dura unas tres horas y cuesta alrededor de 85 francos suizos, pero te vas con conocimientos prácticos y una caja de tus propias creaciones. Es el souvenir perfecto.

Otra experiencia que no te podés perder es el brunch dominical en alguno de los establecimientos a orillas del lago. Los suizos toman muy en serio el brunch, y en Ginebra esta tradición alcanza niveles de sofisticación extraordinarios. Cottage Café en el Parc des Eaux-Vives ofrece uno de los mejores: un buffet interminable con estaciones de salmón ahumado, quesos artesanales, huevos preparados de mil formas, pastelería recién horneada y hasta una selección de vinos espumantes. Todo esto mientras disfrutás de vistas al lago y al Mont Blanc en días despejados. Cuesta unos 65 francos suizos por persona, pero considerá que es una comida que te va a dejar satisfecho hasta la cena.
Para los más aventureros, recomiendo buscar los pop-ups y eventos gastronómicos temporales que constantemente aparecen en la ciudad. Ginebra tiene una escena culinaria muy dinámica donde chefs jóvenes experimentan con conceptos novedosos en espacios alternativos. Bains des Pâquis, un centro comunitario en el lago, organiza regularmente cenas temáticas preparadas por chefs invitados. He participado en una fondue party bajo las estrellas que fue absolutamente mágica, con DJ sets y una atmósfera de festival que nada tenía que ver con la imagen conservadora que muchos tienen de Suiza.
A solo dos horas y media en tren desde Ginebra, Lucerna te espera con una propuesta gastronómica completamente diferente pero igualmente fascinante. Si Ginebra es cosmopolita y sofisticada, Lucerna es tradicional y genuina, el corazón de la Suiza que imaginamos cuando pensamos en chalets alpinos y montañas nevadas.
La gastronomía de Lucerna está profundamente arraigada en las tradiciones de la Suiza central. Aquí el Älplermagronen es rey indiscutido: un plato que podríamos describir como los «macarrones del pastor alpino», hecho con pasta, papas, queso, cebollas caramelizadas y crema. Se sirve generalmente con compota de manzana, una combinación que suena extraña pero funciona perfectamente. Probalo en Wirtshaus Galliker, un restaurante familiar que funciona desde 1856 y donde te vas a sentir transportado al pasado. El ambiente es de taberna tradicional suiza, con mesas de madera robusta, paredes decoradas con fotografías antiguas y un servicio que te trata como si fueras de la familia.

Otro plato típico que tenés que probar en Lucerna es la Luzerner Chügelipastete, una especie de vol-au-vent relleno con una mezcla cremosa de ternera, salchichas y champiñones, cubierto con hojaldre. Es sustancioso, reconfortante y absolutamente delicioso. Lo encontrarás en la mayoría de los restaurantes tradicionales, pero Restaurant Fritschi lo prepara según una receta secreta que ha pasado de generación en generación.
Lo que hace especial a la escena gastronómica de Lucerna es su autenticidad sin pretensiones. No encontrarás la misma concentración de restaurantes Michelin que en Ginebra, pero lo que sí vas a encontrar es comida honesta, preparada con recetas centenarias y productos de la región. El Luzerner Lebkuchen (pan de jengibre de Lucerna) es famoso en toda Suiza, especialmente durante la temporada navideña. Visitá la pastelería Heini en el casco antiguo para probar la versión más auténtica.
La ubicación de Lucerna junto al lago de los Cuatro Cantones significa que también tiene su propia tradición de pescado de agua dulce. El Egli (perca) y la trucha del lago se preparan de manera similar a Ginebra pero con pequeñas variaciones regionales. Los restaurantes junto al lago, especialmente en Weggis (un pueblito a 20 minutos), ofrecen estas delicias con vistas espectaculares a las montañas Rigi y Pilatus.
Consejo práctico de Travel Wise: si visitás Lucerna, hacelo en horario de almuerzo para aprovechar los menús del día que ofrecen la mayoría de los restaurantes. Por 25-35 francos suizos podés comer un plato principal, ensalada y postre en lugares que de noche te costarían el doble. Los suizos son muy afectos a estos menús ejecutivos de mediodía, así que es una forma inteligente de probar buenos restaurantes sin descalabrar el presupuesto.
Berna, la capital suiza, está a solo una hora y media de Ginebra y ofrece una experiencia gastronómica que combina lo mejor de ambos mundos: la sofisticación cosmopolita y la tradición alpina. Su casco antiguo, declarado Patrimonio de la Humanidad, esconde joyas culinarias en cada esquina, bajo los famosos soportales medievales que protegen del clima.

La especialidad absoluta de Berna es el Berner Platte, un plato que es prácticamente un festín en sí mismo. Imaginate una bandeja enorme con diferentes tipos de carnes: salchichas, tocino, lengua, costillas de cerdo, todo cocido lentamente y servido sobre una cama de chucrut y judías verdes, acompañado de papas. No es apto para dietas, pero es una experiencia cultural imprescindible. Kornhauskeller es el lugar más icónico para probarlo: un restaurante instalado en un granero del siglo XVIII con techos abovedados impresionantes y una atmósfera que te hace sentir en otra época. El Berner Platte aquí cuesta unos 48 francos suizos y fácilmente alcanza para dos personas.
Pero Berna no es solo comida contundente. La ciudad tiene una escena de cafés y pastelerías que rivaliza con Viena. Confiserie Tschirren, abierta desde 1919, es legendaria por sus Meitschibei (pastelitos de merengue) y sus tortas elaboradas con recetas secretas. Tomarte un café con un pedazo de Berner Haselnusstorte (torta de avellanas bernesa) en la terraza del café mientras observás la vida pasar es una de esas experiencias simples pero perfectas que definen un viaje.
La gastronomía en Berna también brilla en los mercados. El Bärenplatz se transforma todos los martes y sábados en un mercado de productores donde encontrás desde embutidos artesanales hasta miel de montaña. A diferencia de Ginebra, aquí los precios son ligeramente más bajos y la atmósfera más relajada. Es el lugar ideal para comprar ingredientes si pensás hacer un picnic en el Rosengarten, el jardín de rosas con las mejores vistas de la ciudad.
Los quesos de Berna merecen mención especial. La región del Emmental (sí, donde se produce el queso con agujeros más famoso del mundo) está justo al lado, y en Berna podés probar el Emmental auténtico en su máxima expresión. Pero no te quedes solo con él: el Berner Alpkäse (queso alpino de Berna) es una joya menos conocida, con sabores complejos que varían según la temporada en que se produjo. Chäs Ladeli en la Kramgasse es una quesería especializada donde podés degustar antes de comprar, y el personal te explica con pasión las características de cada variedad.
Para una experiencia más moderna, Altes Tramdepot es una cervecería artesanal con restaurante que produce sus propias cervezas y sirve comida contemporánea con raíces tradicionales. Ubicada en un antiguo depósito de tranvías reconvertido, tiene una terraza con vistas al río Aare y ofrece una carta que fusiona platos suizos con influencias internacionales. Es muy popular entre los locales menores de 40, y el ambiente es mucho más relajado que en los restaurantes tradicionales.
La mejor época para un viaje gastronómico a estas ciudades es controversial porque cada estación tiene sus ventajas. Personalmente prefiero el otoño (septiembre-octubre): tenés productos de temporada espectaculares, es época de vendimia en los viñedos, el clima es agradable y hay menos turistas que en verano. Los precios también bajan ligeramente comparado con la temporada alta. Además, octubre es el mes del Fête de la châtaigne (Festival de la Castaña) en la región de Ginebra, con eventos gastronómicos especiales.
El invierno (diciembre-febrero) también tiene su encanto si te gustan los platos contundentes y la atmósfera de fondue junto a la chimenea. Los mercados navideños en las tres ciudades son espectaculares, especialmente el de Berna. Pero ojo: es la época más cara para alojamiento, especialmente en Lucerna que está cerca de estaciones de esquí.
Evitá julio-agosto si podés. Es cuando los europeos tienen vacaciones y los precios están por las nubes. Además, muchos restaurantes de alta gama cierran temporalmente porque los chefs se toman vacaciones (sí, incluso en Suiza los chefs necesitan descanso).
No subestimes el poder de la tecnología para optimizar tu experiencia gastronómica. TheFork (la versión europea de OpenTable) funciona muy bien en Suiza y te permite hacer reservas online, además de ofrecer descuentos de hasta 50% en algunos restaurantes. Los descuentos no suelen aplicar a los lugares más exclusivos, pero sí a muy buenos bistrós y restaurantes de gama media.
Google Maps, obvio, pero usalo estratégicamente: los suizos son muy activos dejando reseñas honestas, así que un restaurante con 4.5 estrellas y 200+ reviews en Ginebra realmente merece la pena. Además, la función de guardar lugares te permite crear listas personalizadas de restaurantes que querés visitar.
SBB Mobile es la app oficial de trenes suizos y es indispensable. No solo muestra horarios en tiempo real con precisión al minuto (porque esto es Suiza y los trenes llegan cuando dicen que van a llegar), sino que también te permite comprar billetes y gestionar tu Swiss Travel Pass.
Para vinos, Vivino te ayuda a entender qué estás tomando y a encontrar vinos suizos específicos. Muchos restaurantes tienen cartas de vinos extensas pero poco explicadas, y poder escanear la etiqueta para leer reviews y entender el perfil del vino mejora mucho la experiencia.
Entender algunas normas no escritas de la cultura gastronómica suiza te va a hacer la vida más fácil y te ayudará a evitar situaciones incómodas.
Primero, los suizos son puntuales hasta niveles que nos parecen obsesivos a los argentinos. Si tenés reserva a las 19:30, llegá a las 19:25. Llegar 15 minutos tarde sin avisar puede resultar en que pierdan tu mesa. Y si necesitás cancelar, hacelo con al menos 24 horas de anticipación o podrían cobrarte un cargo.
En restaurantes tradicionales, especialmente en Lucerna y Berna, es común compartir mesa cuando está lleno. No te asustes si te sientan en una mesa grande con otros comensales. No es necesario entablar conversación profunda, pero un saludo cordial es lo esperado.
El tema de las propinas confunde a muchos visitantes. En Suiza, el servicio está incluido en el precio (generalmente un 15%). No es obligatorio dejar propina adicional, pero es común redondear la cuenta o dejar un 5-10% extra si el servicio fue excepcional. Nunca vas a ver esa presión por propina que existe en otros países.
El agua del grifo en Suiza es de calidad excepcional y es perfectamente aceptable pedirla en restaurantes. Si te ofrecen agua, preguntá «¿Agua del grifo está bien?» (leitungswasser en alemán, eau du robinet en francés). Te la traerán sin problema y sin costo. Eso sí, en restaurantes de alta gama es más común pedir agua mineral.
Cuando comen fondue, los suizos tienen reglas estrictas (algunas en broma, otras no tanto): no tomes agua fría mientras comes fondue porque dicen que hace que el queso se solidifique en tu estómago (es un mito, pero respetá la tradición). Sí podés tomar vino blanco o té caliente. Y si se te cae el pan en la olla de fondue, según la tradición tenés que besar a tu vecino de mesa o invitar la próxima ronda de bebidas. En grupos de amigos esto genera mucha diversión.
No podés volver de un viaje gastronómico por Suiza sin llevar algunos tesoros culinarios. Pero ojo con las regulaciones de aduana de Argentina, especialmente con productos lácteos y cárnicos.
Los chocolates son el souvenir obvio pero efectivo. Evitá comprar en tiendas turísticas del aeropuerto donde los precios son inflados. En cambio, visitá Auer Chocolatier en Ginebra o Läderach (tienen tiendas en las tres ciudades). Sus chocolates son premium pero a precios mucho más razonables que en aeropuertos. Pedí que te lo empaquen bien porque el chocolate suizo es sensible a cambios de temperatura.
Los quesos son complicados para llevar en avión (aduana argentina es estricta con lácteos no industrializados), pero si te arriesgás, comprá quesos curados que aguantan mejor. El Gruyère AOP o el Sbrinz añejado viajan relativamente bien. Pedí que te lo envuelvan al vacío para minimizar olores en tu equipaje.
Mieles de montaña y mermeladas artesanales son opciones excelentes que no dan problemas en aduana. En los mercados de Berna encontrarás productores que venden miel de diferentes flores alpinas, cada una con sabores distintivos.
Si te sobra lugar en la valija, las mezclas para fondue industrializadas de buena calidad (como las de Gerber) son un souvenir práctico. Traen el queso deshidratado con las especias correctas, solo tenés que agregar vino blanco y calor. No es lo mismo que el fondue fresco obviamente, pero es una forma de recrear algo de la experiencia en casa.
Las sales aromatizadas y especias alpinas de la marca Coop (la cadena de supermercados suiza) son baratas, livianas y llevan sabores únicos que no conseguís fuera de Suiza. La sal con flores de los Alpes es particularmente especial para terminar carnes.
Para una semana comiendo bien sin exagerar, calculá entre 700-1000 francos suizos por persona (aproximadamente 800-1150 USD). Esto incluye desayunos en cafés, almuerzos con menú del día, cenas en restaurantes de nivel medio, y alguna experiencia especial como un restaurante con estrella Michelin. Si preparás algunos desayunos y almuerzos en tu alojamiento, podés bajar el presupuesto a 400-500 francos suizos. Suiza es cara, no hay forma de endulzar esa realidad.
Para restaurantes con estrellas Michelin, absolutamente sí, con 2-4 semanas de anticipación mínimo. Para bistrós y restaurantes tradicionales populares, reservá con 3-5 días, especialmente para cenas de viernes y sábado. Los restaurantes casuales y cafés generalmente no requieren reserva. Los ginebrinos comen temprano (19:00-20:00), así que si llegás más tarde podrías encontrar mesa sin reserva, pero te arriesgás a que ya no haya disponibilidad de ciertos platos.
Berna es ligeramente más económica que Ginebra (hablamos de 10-15% menos), seguida de Lucerna. La diferencia no es dramática pero se nota si sumás todas las comidas de un viaje. Un almuerzo de menú del día que en Ginebra cuesta 28 francos suizos, en Berna podría estar en 23-24 francos. Los supermercados tienen precios bastante uniformes en todo el país gracias a las cadenas nacionales como Coop y Migros.
Y así llegamos al final de este recorrido gastronómico por Ginebra, Lucerna y Berna. Tres ciudades que, aunque separadas por apenas unas horas de tren, ofrecen experiencias culinarias únicas que reflejan la riqueza y diversidad de Suiza. Animate a viajar con Travel Wise, animate a #volverdistinto