Los 10 imperdibles de Zúrich que transformarán tu viaje a Suiza


Cada lugar tiene una historia que contar


#volvésdistinto

Una ciudad que desafía todos tus prejuicios sobre Suiza

Confesémoslo: cuando pensamos en Suiza, muchos argentinos imaginamos chocolates carísimos, relojes inalcanzables y una formalidad casi intimidante. Pero Zúrich tiene un secreto que solo descubren quienes se animan a caminarla sin prejuicios: bajo esa apariencia de ciudad bancaria impecable late un corazón bohemio, creativo y sorprendentemente relajado. Imaginate estar tomando un aperitivo junto al lago mientras el sol se refleja en los Alpes a lo lejos, o descubrir que podés bañarte en el río que atraviesa el centro en pleno verano. Zúrich es esa combinación perfecta entre eficiencia suiza y calidad de vida que te hace preguntarte: ¿por qué no vine antes?

Esta ciudad de apenas 400.000 habitantes (pequeña para los estándares europeos, enorme en cultura y experiencias) funciona como la puerta de entrada ideal para explorar Suiza. Acá no vas a encontrar el ambiente frenético de Londres o la pompa de París, pero sí una elegancia discreta que se traduce en cada detalle: desde el diseño de un tranvía hasta la presentación de un plato en el restaurante más modesto. Y lo mejor es que, a diferencia de lo que te contaron, podés disfrutarla sin tener que invertir un enorme presupuesto.

En este artículo te vamos a llevar por los 10 lugares imprescindibles que convierten a Zúrich en mucho más que un destino de negocios o una escala hacia los Alpes. Te vamos a contar qué hacer, cómo moverte, dónde sentarte a observar la vida pasar (porque eso también es viajar) y esos trucos que solo conocen quienes ya se perdieron felizmente por sus calles adoquinadas.

Altstadt: el corazón medieval que respira modernidad

El casco antiguo de Zúrich (Altstadt, para los locales) es ese tipo de lugar que parece sacado de un cuento de hadas europeo pero con WiFi gratis y bicicletas eléctricas. Dividido por el río Limmat en dos áreas —Niederdorf en la margen derecha y el lado oeste más institucional— este laberinto de callejuelas empedradas es donde la historia se encuentra con la vida cotidiana sin chocar.

Caminar por Niederdorf es como hojear un libro de arquitectura vivo. Las fachadas de los siglos XIII al XVIII se alternan con galerías de arte contemporáneo, tiendas de diseño suizo y cafés donde podés tomarte un cappuccino que cuesta lo mismo que un almuerzo completo en Buenos Aires (preparate mentalmente para eso). Pero la magia está en los detalles: los carteles de hierro forjado que cuelgan sobre cada comercio, las ventanas con flores perfectamente cuidadas, las fuentes públicas donde todavía hoy la gente llena sus botellas con agua de manantial.

El mejor momento para recorrer Altstadt es a media mañana de un día de semana, cuando los turistas todavía no invadieron las calles principales y los locales toman su pausa de café. Empezá por Niederdorfstrasse, la arteria principal que se transforma en zona peatonal y que por las noches se convierte en el epicentro de la vida nocturna. Fijate en los edificios gremiales (Zunfthäuser) que albergaban a las corporaciones medievales y que hoy funcionan como restaurantes de alta gama donde podés probar especialidades suizas en salones que parecen museos.

No te pierdas la Rathausbrücke, el puente del Ayuntamiento, desde donde tenés una de las postales más fotogénicas de la ciudad: las casas coloridas reflejándose en el Limmat, con las torres de las iglesias recortándose contra el cielo. Y acá va un tip que te va a hacer sentir como un zúriqués más: llevá una bolsa reutilizable, porque en cada esquina hay pequeños mercados de productos locales donde podés armar un picnic con quesos, panes artesanales y frutas de estación a precios más razonables que en los restaurantes.

La Augustinergasse es otra joya escondida dentro del casco antiguo, una callecita que conserva intacto su espíritu medieval con los miradores típicos (Erker) sobresaliendo de las fachadas. En otoño, cuando las hojas doradas cubren el adoquinado y el sol rasante ilumina las paredes ocres, sentís que te metiste en una película de Woody Allen versión alpina. Acá el tiempo pasa diferente, más lento, más consciente.

Grossmünster: mucho más que una iglesia imponente

Las dos torres románicas del Grossmünster son el símbolo más reconocible de Zúrich, esas que aparecen en todas las fotos panorámicas y que funcionan como brújula visual cuando te perdés (que te vas a perder, créenos). Pero esta iglesia es muchísimo más que un punto de referencia geográfico: es el epicentro histórico de la Reforma Protestante suiza, el lugar donde Ulrico Zuinglio desafió a Roma en el siglo XVI y cambió para siempre el rumbo religioso de Europa Central.

La leyenda cuenta que Carlomagno fundó esta iglesia en el siglo IX después de que su caballo tropezara con las tumbas de los santos patronos de Zúrich, Félix y Régula. ¿Real o marketing medieval? Nunca lo sabremos, pero la historia le suma misticismo al lugar. Lo que sí es verificable es la arquitectura: una combinación de románico austero con toques góticos que recuerda que el protestantismo prefería la sobriedad a la ostentación católica.

Subí las 187 escaleras de la torre Karlsturm (sí, las contarás mientras recuperás el aliento) y te prometemos que la panorámica de 360 grados sobre la ciudad, el lago y los Alpes es maravillosa. Desde ahí arriba entendés la geografía de Zúrich de un vistazo: cómo el lago se estira hacia el sur, cómo el río divide la ciudad, cómo el verde intenso de los bosques circundantes abraza el área urbana. En días despejados, la cadena alpina parece un decorado teatral demasiado perfecto para ser real.

Dentro de la iglesia, no te pierdas los vitrales diseñados por Augusto Giacometti (primo del famoso escultor Alberto) que llenan el interior de luz azulada, creando una atmósfera contemplativa que contrasta con el bullicio exterior. Y si te interesa la historia religiosa, el claustro románico del siglo XII es un oasis de silencio donde todavía se siente el peso de los siglos. Las estatuas de Carlomagno en el portal sur son copias (las originales están en la cripta para protegerlas), pero igual transmiten ese poder imperial que justificaba conquistas con bendiciones divinas.

La entrada al Grossmünster es gratuita, pero subir a la torre cuesta unos pocos francos suizos (comprá el ticket combinado con el Fraumünster si querés ahorrar). El horario más estratégico es a última hora de la tarde, cuando la luz dorada del atardecer baña las fachadas de Altstadt y podés quedarte hasta que cierren sin sentir que te apuran. Eso sí, llevá calzado cómodo: las escaleras de piedra desgastada por siglos de peregrinos son traicioneras.

Fraumünster: donde el arte sacro se encuentra con Chagall

Justo enfrente del Grossmünster, del otro lado del río como en un eterno diálogo arquitectónico, se levanta el Fraumünster con su aguja verde agua que parece mimetizarse con el cielo en días nublados. Si el Grossmünster representa el músculo teológico de la Reforma, el Fraumünster es pura espiritualidad expresada a través del arte. Y cuando decimos arte, hablamos de una de las joyas más impresionantes del siglo XX escondida en una iglesia del siglo IX: los vitrales de Marc Chagall.

Este templo tiene un pedigrí histórico envidiable: fue fundado en el año 853 por Luis el Germánico para su hija Hildegarde, quien se convirtió en su primera abadesa. Durante siglos funcionó como un convento de mujeres nobles que tenía tanto poder que sus abadesas acuñaban moneda y administraban justicia en Zúrich. Imaginá el nivel de influencia femenina en plena Edad Media, algo bastante inusual para la época.

Pero lo que hoy atrae a miles de visitantes son los cinco vitrales que Chagall creó en 1970, cuando ya tenía 83 años y estaba en la cúspide de su maestría artística. Ubicados en el coro de la iglesia, representan escenas bíblicas (los profetas, Jacob, Cristo, Sión y la Ley) pero con ese lenguaje visual único de Chagall: colores que flotan en el espacio, figuras que desafían la gravedad, una síntesis perfecta entre tradición judía, misticismo cristiano y modernidad artística. Cuando la luz atraviesa esos vidrios azules, rojos y amarillos, el interior se transforma en una catedral de color puro.

Además de los Chagall, hay un gran rosetón de Augusto Giacometti (sí, el mismo del Grossmünster) en el transepto sur, creando un diálogo intergeneracional entre dos gigantes del arte suizo. La combinación es poderosa: mientras Chagall apela a la emoción y el simbolismo onírico, Giacometti trabaja con patrones geométricos y luz abstracta. Dos lenguajes, una misma búsqueda de trascendencia.

El Fraumünster también cobra unos pocos francos de entrada, pero es de esas inversiones que nunca lamentás. Visitalo cuando abren, alrededor de las 10 de la mañana, para experimentar los vitrales con la luz de la mañana que es más suave y permite apreciar los matices cromáticos sin el contraste duro del mediodía. Y llevá binoculares o una buena cámara con zoom: los detalles de los vitrales se disfrutan mejor cuando podés ver de cerca el trabajo del vidrio emplomado. No está permitido usar flash (obviamente), así que ajustá la configuración de tu cámara para condiciones de poca luz.

Zürichsee: el lago que define el alma de la ciudad

Si hay algo que te hace entender por qué los suizos tienen esa calidad de vida envidiable, es la relación que los zúriqueses tienen con su lago. El Zürichsee no es solo un accidente geográfico bonito que aparece en las fotos turísticas; es el patio trasero de la ciudad, el lugar donde se encuentran todas las clases sociales, el termómetro del clima social y emocional de Zúrich. En verano, sus orillas se convierten en playas urbanas improvisadas donde gente en traje de baño comparte espacio con jubilados tomando sol y familias haciendo asados (sí, asados, aunque acá les dicen «Grillieren»).

El lago tiene 40 kilómetros de largo y se extiende desde Zúrich hacia el sureste, rodeado de montañas que crean un microclima especialmente agradable. La parte que nos interesa es el tramo urbano, donde los parques ribereños (el Rieterpark, el Arboretum) se alternan con baños públicos históricos como el Seebad Utoquai o el Strandbad Mythenquai. Y cuando digo baños públicos, no estoy hablando de vestuarios precarios, sino de instalaciones diseñadas con estándares arquitectónicos que incluyen decks de madera, trampolines, zonas de picnic y hasta saunas.

Suiza

La mejor forma de experimentar el Zürichsee es alquilar una bicicleta y recorrer el sendero que bordea la orilla oeste, desde el centro hacia el barrio de Wollishofen. Son unos 8 kilómetros de puro placer visual, con el agua de un azul turquesa imposible a tu derecha y villas belle époque a tu izquierda. Si preferís algo más relajado, los barcos del transporte público (sí, los barcos forman parte del sistema de transporte integrado) te llevan a pueblitos pintorescos como Rapperswil o a la isla de Ufenau, perfecta para un almuerzo campestre.

En verano, no te pierdas la experiencia de nadar en el lago desde alguno de los baños públicos. El agua está fría (rara vez supera los 22 grados), pero es tan limpia que podés ver los peces nadando a tus pies. Los zúriqueses se zambullen durante la pausa del almuerzo, nadan unos largos y vuelven a la oficina como si nada.

Y si venís en otoño o invierno (que también tienen su encanto), caminá por el Bürkliplatz, la explanada junto al lago donde termina la Bahnhofstrasse. Desde ahí tenés una vista espectacular del lago extendiéndose hacia las montañas, y en días claros, el Säntis y los Alpes de Glarus se recortan contra el horizonte. Es el lugar perfecto para esa foto de despedida de Zúrich, con el agua reflejando los últimos rayos de sol y los cisnes deslizándose como si estuvieran sincronizados.

Ya recorrimos el corazón medieval de la ciudad con sus callejuelas llenas de historia, nos maravillamos con las torres del Grossmünster y su panorámica alpina, nos dejamos hipnotizar por los vitrales de Chagall en el Fraumünster, y entendimos por qué el lago Zürichsee es mucho más que un cuerpo de agua bonito. Zúrich ya empezó a revelarte sus capas: no es solo eficiencia bancaria y chocolates caros, es una ciudad que sabe combinar patrimonio con vida contemporánea, historia con naturaleza, tradición con vanguardia.

Pero esto es apenas el comienzo. En la segunda parte te vamos a llevar a descubrir la Zúrich bohemia y artística, los miradores secretos, las experiencias gastronómicas que justifican los precios, y esos rincones que convierten una visita turística en un viaje memorable. Te esperamos para seguir explorando juntos los otros imperdibles que hacen de esta ciudad suiza un destino que te va a sorprender (y probablemente enamorar, aunque no quieras admitirlo).

Bahnhofstrasse: mucho más que una calle de lujo

La Bahnhofstrasse es oficialmente una de las calles comerciales más caras del mundo, compartiendo podio con la Quinta Avenida de Nueva York y los Campos Elíseos de París. Pero reducirla a un simple paseo de shopping sería como describir el tango solo como un baile: te perdés toda la historia, el contexto y la vibra que la hace única. Esta avenida de 1.4 kilómetros conecta la estación central de trenes (Hauptbahnhof) con el lago, y funciona como la columna vertebral del Zúrich moderno.

Caminá por acá un martes a las 11 de la mañana y vas a ver ese ballet urbano tan suizo: ejecutivos con maletines de cuero entrando a reuniones bancarias, turistas mirando vitrinas de relojes que cuestan más que un auto, locales haciendo compras cotidianas en Globus o Manor (las tiendas departamentales), y artistas callejeros de altísimo nivel que te hacen parar aunque vayas apurado. La calle está libre de autos desde los años 70 (una decisión visionaria para la época), lo que la convierte en un paseo peatonal donde podés concentrarte en la arquitectura sin esquivar tráfico.

Ahora bien, no vayas con la expectativa de comprar. O mejor dicho, podés comprar, pero preparate para usar la tarjeta de crédito como si fuera un salvoconducto al mundo del lujo extremo. Tiffany, Cartier, Louis Vuitton, Prada: todas las marcas que conocés de las películas tienen sus templos acá, con vendedores que te ofrecen champagne mientras considerás si ese reloj Patek Philippe realmente necesita estar en tu muñeca. Pero la gracia está en el window shopping, en admirar el diseño de las vidrieras, en observar a la gente que sí puede comprar sin pestañear.

Lo que pocos turistas saben es que bajo la Bahnhofstrasse hay una de las mayores reservas de oro del mundo. Los búnkeres del Banco Nacional Suizo están literalmente debajo de tus pies mientras caminás mirando zapatos italianos. Esa combinación de opulencia visible y riqueza invisible es muy Zúrich: nunca te muestran todo, siempre hay una capa más profunda, más discreta, más protegida.

Nuestra recomendación es que hagas este recorrido al atardecer, cuando las luces de las tiendas se encienden y la calle adquiere un brillo cinematográfico. Empezá desde la estación central, pará en Sprüngli (la confitería legendaria) para probar sus luxemburgerli (macarons suizos que son adicción pura), y caminá lentamente hacia el lago. En el camino, metete en el Jelmoli, el department store más antiguo de Suiza, solo para ver la terraza del último piso: tiene una vista espectacular de la ciudad y es gratuita. Al final de la Bahnhofstrasse, el Paradeplatz (la plaza central financiera) es el punto donde confluyen todas las energías de la ciudad: bancos, tranvías, gente de traje, y una sensación tangible de que acá se toman decisiones que afectan a medio planeta.

Lindenhof: el mirador que cuenta mil años de historia

Si querés entender la topografía emocional de Zúrich en un solo lugar, subí al Lindenhof. Esta colina arbolada en pleno casco antiguo es el punto más alto del área histórica y el lugar donde todo comenzó: acá los romanos establecieron un puesto de aduanas en el siglo I, acá se construyó el palacio imperial carolingio en el siglo IX, y acá las mujeres de Zúrich defendieron la ciudad de un ataque en 1292 disfrazándose de soldados para engañar al enemigo (una historia que merece película).

Hoy el Lindenhof es un parque de barrio donde jubilados juegan ajedrez en tableros gigantes, parejas se besan bajo los tilos (Linden, de ahí el nombre), y turistas descubren una de las vistas más equilibradas de Zúrich. No es la más alta ni la más espectacular, pero tiene algo que las otras no: intimidad. Desde acá ves el Grossmünster, el río, los tejados del casco antiguo y el inicio del lago, todo en una composición perfecta que parece diseñada por un fotógrafo obsesivo.

Lo mejor de este lugar es que funciona como termómetro social de la ciudad. En verano, a última hora de la tarde, se llena de jóvenes con cervezas compradas en el kiosco (permitido en espacios públicos, gracias Suiza), grupos de amigos haciendo picnic, y algún músico callejero tocando guitarra. Es Zúrich sin máscara, sin la formalidad de las oficinas bancarias, sin el precio inflado de los restaurantes turísticos. Es gente real, disfrutando de un espacio público como si fuera su living compartido.

La escalera que sube desde la Strehlgasse es la más pintoresca, flanqueada por fachadas medievales y con escalones desgastados por siglos de uso. Cuando llegás arriba, buscá la placa conmemorativa que recuerda el antiguo palacio y los restos arqueológicos romanos que todavía se encuentran bajo tus pies. Y si venís en otoño, los tilos se ponen dorados y alfombran el suelo con hojas que crujen al pisarlas, creando una banda sonora perfecta para ese momento contemplativo que todo viaje necesita.

Nuestro tip personal: traé un libro, una botella de vino y dedicá una hora al atardecer a simplemente estar. El Lindenhof no es un lugar para tachar de la lista, es un lugar para habitar, aunque sea brevemente. Es el tipo de experiencia que no vas a postear en Instagram con 47 hashtags, pero que vas a recordar cuando pienses en Zúrich cinco años después.

Kunsthaus: la colección de arte que no esperabas

El Kunsthaus Zürich es uno de los museos de arte más importantes de Suiza, pero funciona como el secreto mejor guardado para turistas que solo conocen el Museo Nacional o el FIFA Museum. Acá vas a encontrar una colección que va desde el gótico tardío hasta el arte contemporáneo, con énfasis especial en el siglo XIX y XX europeo. Y cuando decimos énfasis especial, nos referimos a que tienen la mayor colección de obras de Alberto Giacometti del mundo (el escultor suizo de las figuras alargadas que parecen condensaciones de la soledad humana) y representaciones sobresalientes de Monet, Picasso, Chagall y Munch.

El edificio en sí es una joya arquitectónica con dos partes: la original de 1910 de estilo neoclásico, y la extensión ultramoderna diseñada por David Chipperfield que se inauguró en 2021. La transición entre ambas es tan fluida que casi no notás el salto de 111 años de diferencia estilística. Los espacios son luminosos, las salas están diseñadas para que no te sientas abrumado por la cantidad de obras, y hay lugares para sentarte y contemplar sin que un guardia de seguridad te mire con desconfianza.

La colección permanente del Kunsthaus es generosa: obras maestras de Monet (incluidas varias de su serie de nenúfares), retratos de Rembrandt, expresionismo alemán con Kirchner y Nolde, y una sala entera dedicada al pop art con Warhol y Lichtenstein. Pero lo que realmente vale la pena son las exposiciones temporales, que suelen ser ambiciosas y bien curadas. Chequeá la agenda antes de ir porque a veces tienen retrospectivas de artistas que después terminan siendo eventos históricos.

Si tenés que elegir solo algunas salas por falta de tiempo (aunque sería una pena), concentrate en la colección Giacometti y la sala de pintura suiza del siglo XIX. Los Giacometti te van a impactar más en persona que en cualquier reproducción: esas figuras etéreas de bronce tienen una presencia física paradójica, como si ocuparan espacio al mismo tiempo que lo negaran. Y la pintura suiza del XIX te muestra un lado del arte europeo que no suele aparecer en los museos mainstream: realismo alpino, paisajes que capturan la luz particular de estas latitudes, retratos burgueses con esa mezcla de orgullo y melancolía tan centroeuropea.

La entrada cuesta alrededor de 25 francos suizos (sí, todo es caro en Zúrich, ya lo sabemos), pero los miércoles por la tarde tienen precio reducido, y los menores de 16 entran gratis siempre. El museo tiene una cafetería con terraza que da al parque, perfecta para procesar todo lo que viste mientras tomás un café. El Kunsthaus está abierto de martes a domingo, y los viernes extiende el horario hasta las 20:00, ideal si tenés un día apretado de turismo.

Zürich West: el barrio que renació de las cenizas industriales

Si querés ver el lado joven, alternativo y creativo de Zúrich, olvidate del casco antiguo y tomá el tranvía 4 o el 13 hasta Zürich West. Este barrio, que hasta los años 90 era una zona industrial abandonada llena de fábricas obsoletas y depósitos vacíos, se transformó en el epicentro de la cultura contemporánea gracias a un proceso de reconversión urbana que mezcló visión arquitectónica, inversión pública y rebeldía artística.

El símbolo de esta transformación es el Viadukt, una serie de arcos de un antiguo viaduco ferroviario que ahora albergan tiendas de diseño, restaurantes, un mercado gourmet y hasta un hotel boutique. Caminá por debajo de esos arcos de ladrillo y sentís esa energía particular de los espacios reutilizados: el peso de la historia industrial mezclado con el optimismo del diseño contemporáneo. Los fines de semana se llena de locales haciendo compras en el Markthalle (el mercado cubierto donde podés armar un almuerzo con delicias de medio mundo) o tomando brunch en los cafés que rebosan hipsters con laptops.

Otro lugar imperdible es Frau Gerolds Garten, un jardín urbano temporal (aunque ya lleva años funcionando) construido con contenedores reciclados, pallets pintados y plantas que crecen en cualquier recipiente imaginable. En verano es el lugar de moda para tomar cervezas artesanales suizas (sí, existen y son buenas), comer street food de calidad y sentarte en reposeras vintage mientras el sol se pone detrás de las grúas industriales que dejaron como decoración urbana. Es rústico, democrático, genuino: todo lo contrario de la Bahnhofstrasse.

Si te gusta el arte contemporáneo, no te pierdas la Löwenbräu Areal, un complejo de ex cervecerías que ahora funciona como cluster de galerías de arte, estudios de artistas y espacios expositivos. Kunsthalle Zürich, Migros Museum y varias galerías privadas comparten este edificio de ladrillos rojos donde podés pasar horas descubriendo instalaciones, videoarte y propuestas experimentales que nunca verías en un museo tradicional. La entrada suele ser gratuita o muy accesible, y el público es ese mix perfecto entre estudiantes de arte, coleccionistas en zapatillas y turistas curiosos.

Zürich West también tiene la mejor vida nocturna de la ciudad. El Hardturm (cerca del estadio de fútbol) concentra clubes donde podés escuchar desde techno hasta música alternativa, con DJs locales e internacionales que mantienen las pistas llenas hasta que amanece. No esperes el glamour de Ibiza ni la decadencia de Berlín: acá la gente sale a bailar en serio, sin tanto drama ni pose. Y si preferís algo más tranquilo, los bares de la Geroldstrasse tienen esa vibra de after-office que se estira hasta tarde, con gente charlando en terrazas iluminadas con guirnaldas.

Uetliberg: la montaña que te regala Zúrich completo

Llamarla «montaña» es técnicamente correcto pero le hace poco honor: el Uetliberg, con sus 871 metros de altura, es más bien una colina generosa desde donde tenés la mejor vista panorámica de toda la región de Zúrich. Lo increíble es que llegás en 25 minutos de tren desde la estación central (línea S10), sin necesidad de excursiones organizadas ni complicaciones logísticas. Es la experiencia alpina más accesible que vas a encontrar en Suiza.

El tren va subiendo entre bosques de pinos y hayas, con casitas suizas de postal asomándose entre los árboles, hasta que llegás a la estación Uetliberg. Desde ahí hay una caminata de 10-15 minutos por un sendero bien marcado hasta la cima, donde una torre de observación (Uto Kulm) te eleva esos metros extra que hacen toda la diferencia. Subí los 72 escalones de la torre y prepárate para la revelación: Zúrich completo a tus pies, el lago extendiéndose como una lágrima azul, los Alpes formando una barrera blanca en el horizonte, y en días excepcionales, hasta podés ver el Säntis (a más de 100 kilómetros de distancia).

La experiencia del Uetliberg cambia radicalmente según la estación. En verano, los senderos están repletos de familias haciendo trekking, ciclistas de montaña sudando la subida, y grupos de amigos con mochilas llenas de cerveza para el picnic en la cima. En otoño, cuando las hojas se ponen doradas y rojas, la montaña parece sacada de un cuadro impresionista y la luz tiene esa calidad melancólica que te hace sacar 200 fotos idénticas pero todas necesarias. En invierno, si hay nieve, se transforma en un parque de juegos blanco donde la gente hace trineo, esquí de fondo, o simplemente camina dejando huellas en el silencio.

Hay un restaurante en la cima (también llamado Uto Kulm) donde podés comer especialidades suizas con vistas que justifican los precios. Probá el rösti (tortilla de papa rallada, reconfortante como un abrazo suizo) o una fondue si el clima acompaña. Y si querés economizar, hacé como los locales: llevá tu propio picnic, buscá uno de los bancos con vista estratégica, y disfrutá de la comida más barata con el mejor comedor panorámico de Suiza.

Para los más aventureros, hay una caminata de 2-3 horas que conecta el Uetliberg con el Felsenegg (otra montaña cercana) siguiendo el filo de las colinas. Es el llamado «Planeta Trail», con carteles informativos sobre el sistema solar a escala (cada planeta está a la distancia proporcional real). La caminata es moderada, con tramos de bosque y tramos abiertos, y terminás en Felsenegg donde podés bajar en teleférico hasta Adliswil y retomar el tren a Zúrich. Es la excursión perfecta para un día despejado cuando querés combinar naturaleza, ejercicio moderado y esas vistas que te recuerdan por qué Suiza tiene esa reputación de país-postal.

La experiencia gastronómica: más allá del fondue

Hablemos claro: comer en Zúrich es caro. Un almuerzo promedio en un restaurante medio pelo te puede costar entre 25 y 40 francos, y si querés una cena con vino en un lugar decente, preparate para números de tres dígitos. Pero eso no significa que no puedas tener experiencias gastronómicas memorables, solo tenés que ser estratégico y saber dónde invertir tus francos suizos.

El plato más emblemático de Zúrich es el Zürcher Geschnetzeltes, que básicamente son tiras de ternera en salsa cremosa de champiñones y vino blanco, servidas con rösti. Es comfort food elevado a arte culinario, y lo encontrás en casi todos los restaurantes tradicionales. El mejor lugar para probarlo es el Zunfthaus zur Zimmerleuten, uno de esos edificios gremiales históricos junto al río que ahora funciona como restaurante de alta gama. Sí, es caro (unos 45-50 francos el plato), pero estás comiendo en salones del siglo XIII con frescos originales y vistas al Limmat. Es una inversión en experiencia, no solo en comida.

Si querés probar fondue o raclette (los clásicos suizos de queso derretido), andá al Swiss Chuchi en el Hotel Adler. Es un lugar súper turístico, no te vamos a mentir, pero hacen bien las cosas y el ambiente es alegre sin ser cursi. La fondue es un ritual: esperá que te traigan la cazuela de hierro con el queso borboteando (mezcla de Gruyère y Emmental), mojá los cubitos de pan con los tenedores largos, y disfrutá de esa sensación de estar haciendo exactamente lo que hay que hacer en Suiza. El vino blanco que acompaña no es opcional, es parte de la digestión.

Para presupuestos más ajustados, los Migros y Coop (las dos grandes cadenas de supermercados) tienen secciones de comida preparada donde por 10-15 francos armás un almuerzo decente. Los sándwiches son buenos, las ensaladas frescas, y tienen opciones calientes tipo sushi o pasta que podés calentar en los microondas que tienen disponibles. No es glamoroso, pero te permite ahorrar para invertir en esa cena especial o en la entrada a un museo.

Y si querés vivir la experiencia de los mercados locales, no te pierdas el Bürkliplatz Market (martes y viernes de abril a diciembre) donde productores regionales venden frutas, verduras, quesos, embutidos y flores directamente. Es más caro que el súper, pero la calidad es notablemente superior. Comprá un pedazo de Appenzeller (el queso suizo con ese sabor intenso que queda en la memoria), un pan de centeno crujiente, y armá tu propio almuerzo sentado frente al lago. Esa es la verdadera forma de comer como un local.

Preguntas frecuentes sobre Zúrich

¿Cuántos días necesito para conocer Zúrich?

Con dos días completos podés ver lo esencial: el casco antiguo, las iglesias principales, el lago y algún museo. Tres o cuatro días te permiten explorar con más calma, incluir Zürich West, subir al Uetliberg y hasta hacer una excursión a algún pueblo cercano. La ciudad es compacta pero rica en capas, así que cuanto más tiempo le dediques, más te va a revelar.

¿Es Zúrich una ciudad muy cara para turistas?

Sí, es objetivamente cara comparada con la mayoría de las ciudades europeas. Un café cuesta 4-5 francos, una cerveza en un bar 6-8 francos, y los restaurantes raramente bajan de 20-25 francos por plato. Pero hay formas de mitigar el gasto: comprar en supermercados, usar el transporte público con pases diarios, aprovechar los baños públicos del lago en verano. La clave es aceptar que vas a gastar más de lo habitual y planificar en consecuencia.

¿Cuál es la mejor época para visitar Zúrich?

Depende de lo que busques: verano (junio-agosto) tiene clima ideal y vida al aire libre junto al lago, pero es temporada alta con precios más altos y más turistas. Primavera (abril-mayo) y otoño (septiembre-octubre) ofrecen buen clima, menos gente y paisajes preciosos. Invierno (diciembre-febrero) es frío pero encantador, especialmente en Navidad con sus mercados y luces. Evitá noviembre si podés, suele ser gris y lluvioso.

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