Uniendo paisajes barrocos entre Viena y Budapest


Cada lugar tiene una historia que contar


#volvésdistinto

Siempre me pareció que los trayectos entre ciudad y ciudad eran el momento ideal para hacer el recuento del viaje, explorar mis fotos y hacer nuevos planes. Me gusta mirar por la ventana todo ese paisaje sin estrenar, pensar en las personas que conocí y en los aires de otras ciudades que, quiera o no, me cambiaron para siempre. Casi no puedo creer que haya recorrido tanto.

En los 240 kilómetros que separan a Viena de Budapest iba puliendo en mi memoria todos los pasajes de cada rincón de Cracovia, un lugar que acababa de conocer de mil maneras distintas. No puedo evitar pensar que hay mucha gente que viaja sin vivir por completo las experiencias de cada lugar.

Cracovia fue luz y sombra, fue nostalgia y euforia, fue platos llenos de delicias y noches sin dormir. Porque viajar es eso: sentir el contraste, vivirlo, aceptarlo, dejar que cada lugar nos transforme desde su verdad y no desde algún tour contratado solamente para ver las partes más lindas.

Viena, la joya de la Corona

La capital de Austria también me había abierto los ojos, los sentidos y los interrogantes, pero desde otro lugar. Había escuchado hasta el hartazgo el concepto de capitales imperiales pero en realidad jamás me había detenido a reflexionar sobre lo que eso significaba. Viena se encargó de enseñarme eso y muchas cosas más.

Me resultó poética como pocas, con sus palacios y su arquitectura barroca, con sus Kaffeehäuser (cafés) a la luz de las velas y sus Beisln (bistró-pubs) de cálida madera. Las ciudades de este estilo me sorprenden por su balance entre lo moderno y lo tradicional, pero Viena sí es otra cosa. Es como un toque de vanguardia en una historia que está constantemente escribiéndose. Me gustan los sitios que atesoran el pasado pensando en el futuro. Mucho de esto también tenía Cracovia, aunque su semblante fuera un poco diferente.

Ayuntamiento de Viena

Como todas las joyas imperiales, Viena exhibe un centro histórico con pintorescas calles adoquinadas. Pero a estas calles las adornan principescos carruajes que van de lado a lado. También está el Museums Quartier, uno de los complejos culturales más grandes del mundo, que exhibe cultura hasta en sus bares y pequeños teatros. La moda, el arte y el diseño vienés también dejan su marca desde aquí hasta Neubau.

Una vez ahí, y con el Museo Leopold tan cerca, decidí hacerle caso a todos los que me recomendaban hacer una pequeña parada en su cafetería. Se encuentra escaleras arriba del museo y sigue su aspecto ecléctico pero minimalista. Allí se puede desayunar, merendar y almorzar, pero lo mejor de todo es que al caer el día se convierte en un pequeño rincón joven que funciona como una suerte de pub. A mí me tocó visitarlo de mañana, así que opté por su popular desayuno vegetariano con jugo natural. Supongo que tanto locales como turistas aman este lugar por su delicioso café y sus vistas de toda la zona.

Me pareció escuchar que a unas mesas de distancia alguien dijo “außerordentlich” (extraordinario o descomunal). No sé de qué hablaba, pero estando en este lugar seguramente tendría razón en decirlo. Me gustaría que el español tuviera palabras así de contundentes para hablar de lo que me dejó Viena.

Museum Quartier

¿Me puedo quedar a vivir en Budapest?

Viena quedaba atrás y mi tiempo de reflexión junto a la ventana se agotó cuando estaba entrando en Budapest.

Rápidamente me di cuenta de que lo mejor para visitar la capital de Hungría es establecer un orden de lugares, especialmente si se cuenta con poco tiempo. En realidad, esto es lo mejor para todos los viajes, pero para ser sinceros, hay quienes no siempre planificamos demasiado.

Hay que destinar un buen tiempo a la colina del Castillo. Lo mejor es comenzar aquí por la mañana y disfrutar de las incomparables vistas. De paso, se puede visitar algún museo y almorzar en el Café Miró: una decoración surrealista, una atmósfera apacible y el mejor lugar para pedir goulash en todo el mundo. Por la tarde, se puede descender en el Sikló (que es como una especie de funicular) hasta Clark Adam Square, hasta ahora, mi lugar favorito de Budapest.

Dar un paseo por la Avenida Andrássy, hacer una pequeña parada por la Casa del Terror (con exposiciones relacionadas con los regímenes dictatoriales fascista y comunista de Hungría en el siglo XX) y tomar un baño en Széchenyi, uno de los mayores complejos de aguas termales del mundo, es otro magnífico plan. Budapest tiene muchos baños termales, pero desde ya me atrevo a decir que estos son imperdibles.

Baños Schezeny

Los que buscan experiencias más culturales se refugian en dos íconos de la historia húngara: la corona de San Esteban, el Parlamento y la Ópera Nacional. Yo, por mi parte, elijo antes visitar la Gran Sinagoga y comer algo por el barrio judío, en Kádár étkezde: tienen platos típicos y de esos que uno puede encontrar en todo el mundo.

Mi última noche en Budapest es exclusivamente para Fióka. Me recomendaron mucho este restó de comidas típicas de Europa del Este. No está cerca de los circuitos clásicos, pero realmente vale la pena. Los más tradicionales podrán optar por un filet de salmón, pero yo me aventuro a un Fióka-tál’ que consta de carne, quesos y frutas sazonadas con exquisitas salsas.

Es la noche perfecta para despedirme de Budapest y comenzar un camino nuevo hacia Praga.

Mirá la propuesta que tenemos para vos acá

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Empezá a recorrer Viena con este video.

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