Descubriendo las perlas del Báltico: la armonía de los contrastes


Cada lugar tiene una historia que contar


#volvésdistinto

Estonia, Letonia y Lituania son como pequeñas gemas que aparecen, tan juntas como distantes, a orillas del Mar Báltico. Hasta sus nombres suenan lejanos, como si se encontraran confinadas en algún rincón del mapa, y es casi imposible nombrar una sin mencionar a las otras dos.
Son países pequeños, pero tan ricos culturalmente que encierran un mundo dentro de sus fronteras. Sus costumbres, idiomas y temperamentos difieren considerablemente entre uno y el otro, como si no hubieran crecido de la mano, como si nunca se hubieran cruzado. Pero hay algo que los une: el denso pasado histórico, los castillos medievales, los paisajes dignos de un cuento y las románticas calles empedradas.

Nuestro viaje comienza en Finlandia y culmina en Alemania, uniendo, como cuentas desiguales en una gargantilla de perlas, todas las vistas de ensueño que nos regalan las costas bañadas por el ámbar del Mar Báltico.

Tallin

La magnífica Helsinki
Dicen que nadie conoce la perfección hasta poner un pie en Finlandia. Y esta afirmación tiene mucho de verdad: este país es una oda a los detalles, es la pureza de la nieve que acaricia las fachadas de tonos ocres y coloridos.
La capital finesa es sencilla y austera. Se nota que ha crecido alejada de la soberbia de las grandes capitales europeas. Es calma y silenciosa, como una pradera verde a punto de ser cubierta por el manto blanco, pero debajo de su fina capa de hielo, es cálida y acogedora.
De pasada por el ancho boulevard Esplanadi, nos saludan sus tiendas y cafeterías. Finlandia es uno de los mayores consumidores de café de Europa, y de esto sabe mucho. Qué mejor plan que sentarse en uno de sus amigables y tibios locales a disfrutar de la vista de la ciudad mientas un delicioso café calienta el cuerpo y el alma. Con el corazón abrigado de tanta belleza, partimos hacia la Plaza del Senado y luego a la majestuosa Catedral Luterana, que se levanta como un palacio blanco en su imponente estilo neoclásico. Por dentro casi no tiene grandes decoraciones, por lo que contrasta con los templos católicos de Europa occidental.
El epicentro de la ciudad es la Plaza del Mercado o Kauppatori. Los ferris y cruceros van y vienen y se respira en el aire ese inconfundible aroma de la comida que se funde con los puestos de flores. Por su lado, el Parque Kaivopuisto aparece como otra visita imperdible, que combina ese verde tan finés que todos guardamos en nuestro imaginario con los más apacibles paseos en las tardecitas primaverales.

Helsinki, con sus monumentos y sus templos –muchos de los cuales dan cuenta de la influencia bizantina – es un pequeño bastión de una historia que no todos saben contar. Mientras apreciamos su arquitectura y sus detalles de vanguardia, sus galerías de diseño y la alegría de su gente, nos damos cuenta de lo poco que conocemos esta región del mundo, un lugar que hay que ver para entender.
Pero de alguna manera, La Hija del Mar Báltico con algo de lo que nos imaginamos cuando pensamos en Finlandia. Es amable, educada, ordenada, limpia y refinada. Caminar por sus calles es como estar soñando, conocer su gente es querer quedarse a vivir ahí.

Puerto Viejo, Helsinki

Tallin: donde los cuentos se hacen realidad
Hacia la popa del ferri de Tallink Silja, el mar hace graciosos surcos que nos van alejando de Helsinki. Hacia adelante, nos espera Tallin.
Pocas ciudades en el mundo han hecho del estilo medieval algo tan propio y auténtico, fusionándolo con toques de modernidad que aportan vida y colorido. Pequeñas cafeterías en plazoletas barrocas, playas y bosques, rascacielos que se intercalan con fachadas de antaño. Si hubiera un lugar el mundo donde podríamos jurar que las hadas existen, sería Tallin.
La capital de Estonia es dueña de un casco medieval que poco tiene que envidiar a las ciudades europeas más turísticas. Declarado Patrimonio de la Humanidad, nos presenta como primera parada la Colina de Toompea con el Castillo del mismo nombre, la Catedral de Alexander Nevsky (construida en 1900 bajo el gobierno de los zares) y la Iglesia Dome. Nos abrimos paso entre callejones sinuosos y vemos cómo todo el encanto se dispone alrededor de la Raekoja Plats, la plaza decorada por el ayuntamiento gótico, que culmina en una torre desde donde se puede apreciar a romántica vista de los tejados rojos que adornan el centro histórico con la bahía de fondo.
Tallin es como un laberinto mágico. Podemos caminarla de punta a punta y siempre descubrir algo nuevo. En sus calles adoquinadas y sus altos torreones dejamos volar la imaginación mientras el aire del Mar Báltico nos acaricia las mejillas.

Riga: la abanderada del Art Nouveau
Aun cuando es una de las capitales europeas más jóvenes, Riga lleva a sus espaldas más de 800 años de rica historia. La capital de Letonia es la que ostenta más edificios Art Nouveau en todo el mundo y, a diferencia de sus capitales hermanas del Báltico, es vivaz y hasta ligeramente orgullosa.
No en vano recibe el apodo de La París del Norte, se sabe bella mientras se posa sobre el río Daugava y nos presenta un casco antiguo de ensueño, con callecitas adoquinadas y casitas de colores. También es una de las ciudades donde el reciente pasado soviético se hace más evidente y donde conviven hermosos vestigios de una historia que se cuenta sola.
En el centro histórico es imposible perder de vista la iglesia más grande de Letonia, la Catedral de la ciudad. Allí cerca, se levanta el Castillo de Riga y la Casa de las Cabezas Negras, estandarte del estilo renacentista holandés.
La Perla del Báltico es como una urbe hecha a medida, donde cada elemento de su cultura y arquitectura parece relatar una anécdota perfecta de principio a fin y sin omitir detalles. Es como si supiéramos apenas verla que es la ciudad ideal, con los ornamentos justos, con esos aromas y sabores que casi son imposibles de describir.

Riga

De Varsovia a Berlín: renacer de las cenizas
Decidimos partir hacia Varsovia y en medio del camino hacemos una parada en Vilnius. En la capital lituana asoman iglesias y palacios góticos, casi irreales, como si nos metiéramos dentro de una leyenda de princesas y dragones que no tiene fin.
Desde allí – y con la poca prisa de los paseos a orillas del mar – nos encontramos con el vértice de las tres fronteras, que une Lituania, Polonia y Bielorrusia. Ahí también parecen unirse infinitos paisajes naturales y postales tan idénticas como dispares. Desde hace siglos conviven en ese punto los católicos, los ortodoxos, los judíos y los tártaros musulmanes.
El camino nos llevará por los perennes bosques de pinos, entre lagos que parecen espejos. Se atraviesa la ciudad de Augustów, donde muchas familias polacas disfrutan de sus vacaciones de verano navegando y pescando, y casi sin darnos cuenta, nos encontramos en la ciudad más grande de Europa del Este.
Varsovia es el símbolo de la libertad y del aguerrido espíritu polaco que supo ponerse de pie después de la adversidad. La ciudad fue completamente destruida por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial y se reconstruyó meticulosamente en los años de la posguerra. Hoy, es una de las ciudades más modernas y atareadas de la región. Lejos de ser un lugar gélido y gris, Varsovia es dueña de un espíritu alegre y colorido.
Nos tomamos un momento para apreciar la elegante Ruta Real: el Parque Łazienki con el monumento a Chopin, la barroca Iglesia de la Santa Cruz (donde yace el corazón del compositor polaco más famoso) y la Universidad de Varsovia. No podemos perdernos la visita al reconstruido casco antiguo, al Castillo Real y a la atareadísima Plaza del Mercado con el monumento de la Sirenita, símbolo de Varsovia. Su densa historia se termina de contar cuando vemos el famoso obsequio de los comunistas rusos – el Palacio de la Cultura y la Ciencia – y cuando visitamos la zona del antiguo Gueto Judío.
Le decimos hasta luego a Varsovia. Sabemos que algún día la volveremos a ver. Saludamos a Berlín, que nos aguarda vivaz e impaciente.

Plaza del Mercado – Varsovia

Un instante en Berlín es como tener un pie en el pasado y uno en el presente. Un pasado que nos recuerda, nos enseña, nos cultiva. Un presente que derrocha glamour y energía. Una especie de vibra contagiosa se respira en el aire. Una vez aquí hay que saber usar bien el tiempo para recorrer sus modernos restaurantes, sus tiendas de diseño independiente y un sinnúmero de museos para todos los gustos.
Visitar los vestigios del Muro de Berlín, pasearse sin rumbo una tarde cualquiera por las avenidas de Kurfürstendamm y Unter den Lin den, conocer la Catedral que se revela como una joya de la época prusiana. Pareciera como si cada esquina de Berlín quisiera decirnos algo. Pareciera que todo aquí tiene un significado profundo.
Quizás todas las ciudades de nuestro recorrido se asemejan en su perfección, en su cuidado en el detalle que roza lo inverosímil. Pero cuando las caminamos en lo profundo, sabemos que cada una guarda sus secretos, que todas han sido testigos del mismo pasado, pero que cada una lo cuenta a su manera. Una tierra de similitudes y contrastes equilibrados, un lugar que existe en el imaginario de muchos pero que es inmortal solo en los recuerdos de aquellos que han sabido visitarlo.

Catedral de Berlín.

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