La Costa Amalfitana, un paisaje de película


Cada lugar tiene una historia que contar


#volvésdistinto

Nápoles me había fascinado desde el primer momento. Es una ciudad grande y como tal, es auténtica, bulliciosa, desmedida y contrastante. Es la versión más intensa de Italia, que se saborea en sus espressos cargados y en ese dramatismo tan típico, el mismo que nosotros supimos heredar.

De Sicilia me llevaba la impresión de una simpatía abrumadora y sin grises. En Nápoles, descubrí al italiano del imaginario colectivo, al que habla a los gritos, hace bromas y ríe a carcajadas desenfadadas. Es que el lugareño es un poco como el sitio donde vive, y de este rincón del mundo me llevo el más ecléctico baúl de memorias.

Me despierto con el sonido de las calles y del gentío que peregrina hacia los mercados más populares: Porta Nolana o La Pignasecc. Pienso en tomar un desayuno al paso y aprovechar para desperezar los sentidos con un auténtico café italiano. Pero luego recuerdo que Italia no es lugar para take away. Es para sentarse en una acera empedrada, en un barcito pintoresco, y disfrutar con la mirada y con el paladar.  

Nápoles

Desde allí, me embarco en un recorrido que siempre quise hacer, el detalle de oro en un viaje de ensueño. La Costa Amalfitana es eso que viene a la mente cuando alguien habla de un paisaje del mediterráneo. Es eso que imaginamos cuando cruzamos la idea de montañas zambulléndose en el mar, de acantilados poéticos que comienzan en bosques verdes. La Costa Amalfitana es, a decir verdad, mucho más de lo que imaginaba y de lo que vine a buscar. 

Esta fracción costera de Italia es bastante extensa, y en toda su longitud se pueden encontrar las más hermosas reliquias naturales e históricas. Pero hay ciertos lugares donde mi atención se detuvo, donde quisiera frenar el tiempo para poder capturar tanta belleza en un instante.

Playas de Amalfi

Amalfi y Sorrento me hacen pensar en Italia como siempre la imaginé, como siempre quise conocerla. Al mirar estas pequeñas comunas desde lejos, se asemejan a un pintoresco cuadro donde se solapan los colores más vibrantes. Las casitas se levantan sobre la costa, casi acariciando la montaña. El mar lo tiñe todo de un turquesa brillante, tan brillante que me cuesta creer que sea real.

Dramáticas, históricas y tan modestas como lujosas, ambas dejan ver por qué constituyen el destino favorito de quienes aman la buena vida, las boutiques exclusivas y la gastronomía de autor.   

Dentro de la Catedral de Amalfi y en la plaza que la circunda, como así también en el Chiostro del Paradiso y en la Capilla de San Andrés (guardiana de los restos de San Andrés Apóstol); hay ribetes arquitectónicos elaborados hasta el más mínimo detalle que dan cuenta de su dramatismo. Por fuera, cafés y barcitos se disponen a lo largo y a lo ancho, con coquetas sombrillas que protegen las mesas del sol del mediterráneo. Sentarse allí por un momento y ordenar alguna copita de lemoncello (toda una institución napolitana)  es lo más cercano a sentirse dentro de un clásico filme de época.

Catedral de San Andrés

Sorrento es todavía más poética. Y es también uno de los sitios más populares de la Costa Amalfitana, tanto por su largo historial de visitantes de todo el mundo, como por sus rápidas conexiones con Pompeya, Nápoles y Capri. La playa de Marina di Puolo se convirtió rápidamente en mi lugar favorito. Parece un rincón donde la época estival es eterna y los veraneantes van y vienen por la costa tomando gelattos coloridos que se pierden bajo lustrosas capelinas.

Los paseos de fin de semana por Piazza Tasso son un regalo en medio de este viaje, una de las mejores passeggiatas del generoso suelo italiano. El recorrido serpentea en medio de simpáticos hoteles y bed and breakfast, tiendas de marquetería y restaurantes tradicionales donde se pueden probar unos gnocchi alla sorrentina como ningún otro lugar del mundo.

Faltan unas cuantas horas para encontrarme con Pompeya, y después, llegar al final de esta aventura. Por ahora, retengo todas las imágenes que puedo, todos los sabores y todos los aromas mientras el Mar Tirreno, distraído, acaricia mis pies.

Sorrento.

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