De Venecia a Innsbruck, caminos que enamoran.


Cada lugar tiene una historia que contar


#volvésdistinto

Es tan fácil enamorarse de una ruta que propone unir los paseos por el Gran Canal de Venecia con los las coloridas casitas de Innsbruck. Es tan fácil rendirse ante el encanto de toda la historia y todo el romance que encierran estos destinos, que para mí, fue como un amor fugaz pero intenso, que volvería a vivir una y mil veces. 

Una mañana en Venecia 

Los paseos en góndola quizás sean uno de los mayores atractivos para parejas de todo el mundo, pero hubo algo que me gustó más aún: desde el puente de Rialto se puede apreciar con claridad el tráfico por el Gran Canal. Por la mañana la vista es encantadora, los cafés y restaurantes comienzan a abrir sus puertas mientras  las pintorescas tienditas se van despertando. Es un gusto sencillo y apacible, lejos del ajetreo cotidiano, que vale la pena.  

Cuando la ciudad todavía no despierta del todo, voy hacia la plaza de San Marcos, desde donde se puede tener acceso a los edificios históricos como la Basílica, el Palacio Ducal o la Torre de Campanile. Esta parte de Venecia también es más hermosa apenas sale el sol, cuando hay pocas personas por las calles y el lugar parece estar abierto solamente para mí. 

Palacio Ducal

Ya que es de mañana, y que también yo voy despertando de la ensoñación profunda que me regala la particular arquitectura de este lugar, decido detenerme unos momentos en uno de los cafés históricos. La ciudad de los canales es famosa precisamente por estos recintos, que datan de los siglos XVII o XVIII y que encierran la vida del lugar en su totalidad. 

Elijo el Caffé Florian, inaugurado en 1720, que muchas restauraciones después, sigue conservando el espíritu de aquellas épocas en sus diferentes salones. Es un gusto que hay que darse una vez en la vida (sus precios no son tan amigables para muchos turistas), pero vale la pena. Allí mismo aprendí que este fue el primer local que permitió la entrada de mujeres en Venecia, y que fue sitio de reunión para grandes figuras de la cultura como Stravinski y Rousseau. 

Café Florian

“Italia es el país más hermoso del mundo, Venecia es la ciudad más hermosa de Italia, Piazza San Marcos es la plaza más hermosa de Venecia, el Caffé Florian es el más hermoso de Piazza San Marcos, por lo tanto, usted está tomando un café en el lugar más hermoso del mundo”, se lee en sus menúes. Y debo decir que no se equivocan. 

Una breve recorrida me lleva hasta el puente de Los Suspiros, que une el Palacio Ducal con la antigua prisión de la Inquisición. Lleva este nombre porque evoca los últimos suspiros de los prisioneros al contemplar por última vez el mar. Imagino que también hay algo de melancólico en todo lo romántico.

Los colores de Innsbruck

La capital del Tirol es bastante accesible desde Venecia (aproximadamente cuatro horas de viaje), y además, es un camino casi de cuentos, que me va regalando montañas y praderas verdes hasta llegar a la colorida altstadt

Los edificios de la ciudad vieja parecen decorar el paisaje ondulado, y como si se tratara de un cuento, sus detalles medievales me van transportando a otras épocas. Todas las fachadas desprenden colores cautivadores, cada construcción parece decir a los gritos que es un lugar único en el mundo. Allí aprendí que estas pintorescas tonalidades no son meramente decorativas: en los comienzos, los carniceros pintaban sus fachadas de rojo, los orfebres y herreros de azul, los panaderos de verde, y así se creaba un código compartido entre toda la ciudad.

Innsbruck.

Para mí, Innsbruck es toda cautivadora, con una dulzura que se respira en su aire salpicado de prados verdes. Pero no es solamente bella: también es misteriosa, inteligente y culta. Para mí, las cualidades que más enamoran están allí. Lo descubrí visitando la Hofkirche, la iglesia de la corte, que guarda el monumento fúnebre del emperador Maximiliano I, rodeado por  28 estatuas de tamaño real, realizadas en bronce. Representan a las mujeres que él eligió para proteger su tumba estoicamente para toda la eternidad, un detalle que me pareció más que interesante, heroico.

Si me había enamorado de esta ciudad, supongo que sellé mi compromiso cuando conocí el tejadillo de oro, el goldenes dachl. Es el verdadero símbolo de este lugar, que cubre un balcón entero de la Neuer Hof desde el año 1500. Está formado por 2.657 tejas de cobre doradas a fuego, originales de aquella época (cada una tiene un valor estimado de más de 1500 euros). Hace varios siglos, el tejadillo llevaba una inscripción que al día de hoy es un misterio, aunque los lugareños aseguran que el texto decía “aprovecha cada momento y no te pierdas ni un baile, al más allá no te podrás llevar nada”.

Tejadillo de oro

Esa es la enseñanza que me llevo de este viaje y para siempre, grabada en todos los colores y con ribetes dorados, tal como me enseñó esta idílica ciudad. 

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