Un día en el Vieux Nice y adiós a la Provenza


Cada lugar tiene una historia que contar


#volvésdistinto

De todas las palabras nuevas que aprendí en francés, mi nueva favorita es promenade. En español no tenemos una expresión que comunique esto: significa paseo, pero de un modo mucho más poético y preciso. Se promener es caminar lentamente disfrutando del paisaje. Es relajarse y andar por placer. Es tomarse el tiempo para contemplar, tomar un respiro y absorber las imágenes alrededor.

Para mí, la promenade cobra su verdadero sentido en Niza. La capital de la Costa Azul es el punto preciso donde la montaña se une con el océano y es un lugar que habla a través de su cultura, sus expresiones artísticas, sus museos y su sencilla pero sabrosa comida. La parte antigua de la ciudad, el Vieux Niece o la Vieille Ville es el sueño de los viajeros ávidos de experiencias.

El casco histórico es como un laberinto de calles estrechas, donde el sol del mediodía se cuela entre los muros haciendo sus colores aún más cálidos. En sus veredas angostas se forman grupos de cafés y barcitos, donde siempre hay espacio para una silla más. Al alzar la mirada, se ven pequeños balconcitos y macetas con flores que parecen trepar las paredes. Los farolitos, las persianas en tonos contrastantes y alguna que otra bandera francesa decoran el paisaje de manera excepcional.

Puerto Viejo – Niza

La vieja Niza es casi tan romántica como intrigante. Parece haber cambiado poco desde el siglo XVIII. Lo único que se mueve a un ritmo frenético y extiende un puente entre el pasado y el presente es Cours Saleya, un mercado al aire libre que todos los días saca a relucir sus productos frescos y sus flores naturales en una sinfonía de colores.

Esta es la primera vez que visito un mercado y siento que la mejor vista no se aprecia desde adentro, sino desde arriba, desde alguno de los balcones o terracitas que dan a la calle. Contemplar los viajeros que vienen y que van, el ajetreo constante de los artesanos y los toldos a rayas que cubren graciosamente las tiendas, es apreciar toda esa postal completa desde un lugar privilegiado.

En el comienzo de la calle principal del mercado, en el número 1, también se puede divisar el sitio donde vivió el célebre Matisse en 1917. En sus obras, casi como si fueran un espejo, se puede percibir la vivacidad y el colorido de estas mismas calles, que seguramente a él también lo supieron encandilar.

Comer y ser feliz en Provenza

Probablemente,  la Provenza sea el único lugar del mundo en el que se puede pedir una simple ensalada de tomates con aceite de oliva y estar ante un manjar digno de reyes. Los ingredientes típicos de la cocina mediterránea se hacen fuertes en esta región, donde los platos son sencillos y el amor al prepararlos es inmenso.

Fui testigo de esto en Le Bistrot d’Antoine, uno de los tantos restaurantes que decoran la parte vieja de la ciudad. Tomate, ajo, aceite de oliva, una pasta al pesto de sabor intenso y posiblemente, el mejor pato que alguien haya probado. Este fue uno de mis sitios preferidos porque además de ser encantador, el personal me resultó amigable y la comida exactamente como a mí me gusta: deliciosa y elegante, pero para nada pretenciosa.

Por la tarde, después de un paseo por la obligatoria Place Massena (mucho más linda si se visita al caer el atardecer); un recorrido breve por la Place Saint François y una caminata un poco más larga por la zona de Castle Hill (donde sí vale la pena quedarse más tiempo), me detuve a comprar un helado en uno de los sitios más caprichosos que he visto.

Place Massena – Niza

Les Sucrés Salés de Fenocchio se especializa en helados y postres fríos de variedades infinitas. Vainilla a la pimienta, jazmín, lavanda, arroz con leche, regaliz o palta son algunos de los sabores que se entremezclan con los más tradicionales. Mi única crítica hacia este lugar es que me dió demasiadas opciones y me llevó incontables minutos decidir qué pedir. Finalmente me incliné por el caramel beurre salé, que me pareció algo muy típico de Francia, y una versión helada de la tradicional tourte de blettes niçoise con obleas y chocolate.

Me voy con muchos aprendizajes, pero con una certeza mayor: la Provenza está al servicio del buen vivir y del buen comer. En cada rincón de esta región la gastronomía es un auténtico placer y una pasión, es un espacio para el intercambio y el conocimiento, es el orgullo de haber sabido transformar tantas herencias culinarias en una identidad propia que enamora profundamente a todos los que la visitan.

A bientôt ma chère France!

Francia es mucho más variada y abierta de lo que parece cuando uno llega a París y empieza a caminar por Les Champs-Élysées. El parisino es muy diferente a los habitantes de otras regiones, quienes me permitieron aprender mucho más del idioma, la cultura y las costumbres. Desandando los caminos interiores, pude vivir casi como viven los locales: a veces de la plebe, a veces de la realeza.  

Me gustó más esta Francia culta, sincera y de buen vivir, pero para nada suntuosa. Me enamoraron sus descomunales paisajes naturales, casi tanto como me atraparon sus sabores tradicionales y las sonrisas que coleccioné en cada pueblo. Me aseguraré de volver algún día y volver a hacer todo de nuevo, visitando cada punto exacto en el que fui feliz.

La Provenza

Mirá la propuesta que tenemos para vos acá.

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